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viernes, 31 de enero de 2014

Ana María Matute: Primera memoria

Tomás Yepes (1600-1671): Paisaje con una vid. Colección Naseiro. Madrid
Las uvas maduraron a mediados de septiembre. La alcaldesa le envió a la abuela los primeros racimos, en una bandeja de cerámica con flores azules y amarillos. Venían cubiertas con un paño de hilo bordado. La abuela cogió una entre dos dedos. Era tan fresca y hermosa, como feo y sucio su brillante. La probó, y escupió el hollejo dentro del puño.
-Son ácidas -comentó-. Ya me lo figuraba.
Las uvas, con una gota perlada, quedaron olvidadas en la bandeja.
Borja, que me estuvo mirando con ojos malvados durante el día, comentó mirando hacia la abuela.
-Las de Son Major serán dulces.
Pero aquellas palabras iban dirigidas a mí. Se lavó delicadamente las yemas de los dedos y las enjugo con la servilleta. Parecía un pequeño Pilatos.
-Sirve el café, Antonia -dijo la abuela.

Ana María Matute (1996): Primera memoria. Ediciones Destino, Clásicos contemporáneos comentados; 6: Barcelona. Página 133. Edición comentada por Germán Gullón.

martes, 1 de octubre de 2013

La verdad sobre el caso Savolta


Paul de Vos (1596- 1678) : Bodegón con sirvienta. Colección Banco Santander

Siempre seguida por su fiel  Matilde, María Rosa Savolta entró en la cocina. Un cocinero expresamente venido para lucir su arte y cinco mujeres reclutadas para ese día señalado se afanaban en sus quehaceres. un sinfín de olores se mezclaban, el aire rezumaba grasa y reinaba un calor de averno. El cocinero,asistido por una doncella joven, bermeja y aturullada, lanzaba órdenes y reniegos  indiscriminadamente, que solo interrumpía para dar largos tragos a una botella de vino blanco que descansaba en uno de los bordes del fogón. Una matrona blanca como un hipopótamo amasaba una pasta blanca con un rodillo. pasó una cocinera llevando en milagroso equilibrio una columna oscilante de platos. El entrechocar de los cubiertos semejaba un torneo medieval o un abordaje. nadie advirtió la presencia de la señora y, por ello, no se interrumpió el maremágnum. Debido al agobiante calor, las mujeres se habían arremangado y desabrochado sus trajes de faena. Una criada zafia y maciza que desplumaba pollos tenía el canal de sus gruesos senos forrado de plumón, como un nido; otra mostraba unos pechos blancos de harina; más allá, una jovencita sostenía con su busto firme de campesina adolescente   una espumadera repleta de fresca lechuga. El griterío era ensordecedor. Las fámulas se peleaban y zaherían, punteando sus frases cortas con hirientes risotadas y exclamaciones  soeces . Y sobre aquella orgía, como un macho cabrío en un aquelarre, el cocinero, sudoroso, beodo  y exultante, saltaba, bailaba, mandaba y blasfemaba.

Eduardo Mendoza (1975) : La verdad sobre el caso Savolta, Barcelona: Seix Barral, págs. 204-205.


Eduardo Mendoza: página personal

sábado, 20 de abril de 2013

Jardines y agua en Córdoba.




Elegía IX : Ricardo Molina

El patio oye el suspiro de otros días en sus arcos.
En las paredes húmedas se estremecen las yedras.
Lilas, jazmines y celindas
Tiemblan gozosos en el aire tibio
bajo el beso fugza de las abejas,
Pero celindas, lilas y jazmines,
yedras de oro y arcos ruinosos
no saben cómo un día nos amamos.

Llena la fuente está de claras ondas,
de agua clara y azul igual que el cielo,
la fuente pura y fría
a la sombra delgada de las damas de noche
que dejan su perfume flotar por la negrura...

Ruta literaria por Códoba (Junta de Andalucía)

Poetas andaluces

viernes, 19 de abril de 2013

El mar de Neruda


Pablo NERUDA: Oda al mar

AQUÍ en la isla
el mar
y cuánto mare sale de sí mismo
a cada rato,
dice que sí, que no,
que no, que no, que no,
dice que si, en azul,
en espuma, en galope,
dice que no, que no.
No puede estarse quieto,
me llamo mar, repite
pegando en una piedra
sin lograr convencerla,
entonces
con siete lenguas verdes
de siete perros verdes,
de siete tigres verdes,
de siete mares verdes,
la recorre, la besa,
la humedece
y se golpea el pecho
repitiendo su nombre.
Oh mar, así te llamas,
oh camarada océano,
no pierdas tiempo y agua,
no te sacudas tanto,
ayúdanos,
somos los pequeñitos
pescadores,
los hombres de la orilla,
tenemos frío y hambre
eres nuestro enemigo,
no golpees tan fuerte,
no grites de ese modo,¡
abre tu caja verde
y déjanos a todos
en las manos
¡tu regalo de plata:
el pez de cada día.



De la película El cartero y Pablo Neruda (Michael Radford, 1994)




miércoles, 3 de abril de 2013

Ritos funerarios ("El lugar", Con Agatha en Estambul, de Cristina Fernández Cubas)

Janendra Caracol (2011): Acercamiento
FLICKR

El lugar

Con las primeras horas de la mañana, cuando ya en la calle se escuchaba el rumor del tráfico y la casa empezaba a llenarse de amigos y vecinos, me vestí apresuradamente, cogí una cesta y me dirigí al mercado. No estuve allí más que unos minutos. Los suficientes para adquirir algunas frutas, que escogí entre las más apetitosas, y enseguida, sin importarme lo desastrado de mi atuendo, la barba de dos días o los alimentos que asomaban por el capazo, me fui al banco. La puerta estaba cerrada y, aunque se percibía el trasiego de los empleados en el interior, tuve que esperar un buen cuarto de hora a que se diera paso a los clientes. Después, con la cesta aún más abultada, me dirigí a una mercería. El establecimiento estaba repleto, pero tal vez porque era poco lo que pensaba adquirir, porque mi aspecto debía en buena lógica sobresaltar a las dependientas, o quizá, tan solo, porque en los lugares de clientela femenina un hombre suele ser tratado con preferencia, fui atendido de inmediato. Al salir redoblé el paso y dudé un momento frente a otra tienda. Leí: ÓPTICA. RELOJES. APARATOS DE PRECISIÓN. Pero no entré. Alcancé mi portal de una corrida, no tuve paciencia para esperar el ascensor y subí hasta el piso saltando los escalones de dos en dos.
Al entrar me encontré con los amigos que había dejado al partir y a los que yo había llamado la noche anterior, más otros muchos a los que debían de haber llamado los primeros, y dos hombres de gesto sombrío e íntegramente vestidos de negro, que, aun antes de reparar en el ataúd de caoba que aguardaba en el comedor, reconocí de inmediato como empleados de la funeraria. Di mi autorización para que procedieran a su trabajo, pero les rogué que antes de cerrar para siempre la caja me permitieran permanecer un rato a solas con la que fue mi esposa.
Supongo que nadie puede asombrarse ante semejante deseo, ni menos aún atreverse a interrumpir un momento como este, el último adiós, en el que quien permanece con vida suele expresar con palabras su amor, su petición de perdón, sus ansias de reuniré lo más pronto posible con el ser querido. Y lo hace en voz alta. Como si los cuerpos de cera pudieran oír o los labios amoratados pronunciar una respuesta. Así y todo cerré la puerta con llave. Y después, solo frente a Clarisa, la besé en los labios.
Pero eso no fue lo único que hice. Había entrado en la alcoba con el producto de mis gestiones matutinas, con la cesta de la compra en la que nadie había reparado –después de todo, ¿no suelen entregarse ciertos viudos a las extravagancias más inauditas?- y con todo cuidado, escogí algunas frutas, las más pequeñas, quizá las más sabrosas. Un aguacate, una chirimoya, un kiwi. Las coloqué amorosamente entre los pliegues del sudario. Después, con mucha cautela, alcé los pies cubiertos de Clarisa y comprobé que había espacio de sobra para lo que me proponía. Volví a depositarlos en su lugar y busqué en el fondo de la cesta el estuche que momentos antes reposara en la caja de seguridad de un banco y lo abrí. El collar de tía Ricarda emitió un brillo desacostumbrado, poderoso, como si en lugar de regresar de un encierro surgiera de las manos de un pulidor de metales o de un restaurador de joyas. No fue más que una sensación efímera, pero me aferré a ella con toda emoción. Oculté el collar bajo los pies de Clarisa y acomodé de nuevo un minúsculo kiwi que, con el inevitable movimiento, acababa de asomar por entre los pliegues del sudario. El resto resultó muy fácil. Despeiné los cabellos que alguien –una amiga, tal vez una vecina- había recogido en la nuca y camuflé entre los rizos hebras de hilo azul, rojo, dorado, plateado, naranja y siena, muy parecidas a aquellas con las que, según me obsequiaba la memoria, mi madre bordaba aves fabulosas y paisajes imposibles. Por último, muy cerca del pecho escondí una polvera de plata y un reloj. Era un reloj de bolsillo que ignoraba a quién había pertenecido, deteriorado, fuera de uso, pero de tal belleza que, cuando convertimos la vitrina en alacena, había conservado junto a mí en una de las mesitas de la alcoba. “A su propietario”, me dije, “sea quien sea, le gustará recuperarlo.” Pero no me estaba entregando a un ritual antiguo, ni menos aún creía seriamente que los objetos allí depositados cumplieran otro fin que el de un simple acto de amor, un símbolo, una interpretación fiel de las angustias y fantasías de Clarisa. Un “a ella le habría gustado”, justificador de tantos y tantos actos en apariencia absurdos que yo me apresuraba a ejecutar antes de que fuera demasiado tarde, se abriera la puerta, los dos hombres de aspecto lúgubre cerraran para siempre el ataúd y partiéramos todos hacia la iglesia, hacia el cementerio, hacia el panteón, donde, para siempre, iba a reposar mi adorada Clarisa. Sí, antes de que todo eso ocurriera yo había cumplido con mi obligación. Y entonces acaricié el rostro de Clarisa, la besé de nuevo en los labios y le hablé en voz alta:
-¿Lo ves? No tenías que preocuparte.
Pero esta vez mis palabras no me parecieron insensatas ni desprovistas de sentido.
Y enseguida, como en un juego infantil, una travesura de la que solo los dos conociéramos el código, le susurré al oído:
-Serás bien recibida, amor mío.

Cristina FERNÁNDEZ CUBAS (1994): Todos los cuentos: Con Agatha en Estambul: “El lugar”. Tusquets Editores. Colección Andanzas; 672. Páginas 316-318.

domingo, 31 de marzo de 2013

Dos huevos exactamente iguales


Eva Díez (2008): La foto de los huevos

Helicón

(…) De modo que llegamos a las once en punto, una hora discreta. Pedí un whisky con hielo y, mientras ella se preguntaba lo que iba a consumir, me propuse interrogarla sobre su vida, sobre su trabajo, sobre cualquier cosa.
-Un batido de plátano –dijo de pronto.
Me disgustó que Ángela no probara el alcohol. Eso ponía las cosas un poco difíciles. Yo diciendo tontería tras tontería, y ella, cada vez más sobria, cada vez más nutrida y vitaminada, observándome –observándonos, porque pronto llegarían los amigos- como un juez implacable y justiciero. Me había ocurrido en alguna ocasión y los resultados no podían haber sido más desalentadores. Pensé en aquellos momentos en hacerme con una guía nocturna de granjas y cafeterías, cuando Aureliana se aproximó con un vaso largo de color repulsivo y lo depositó sobre la mesa.
-Está muy cargado –dijo sonriendo.
Ángela no entendió el chiste, tal vez quien no lo entendiera fuese yo o, seguramente, había poco que entender. Pero Aureliana -¿por qué se me habría ocurrido acudir aquella noche al Griffith?- quiso mostrarse encantadora y añadió:
-Me refiero a que he utilizado un plátano doble. Espero que te guste.
A Ángela no le gustó. Aguardó a que Aureliana regresara canturreando a la barra y me miró con una extraña expresión entre divertida y nauseabunda.
-Un plátano gemelo –murmuró-. Ha querido decir plátanos gemelos…

Los altillos de Brumal

Jorge Toro (2013): Mermelada de fresa casera

Los altillos de Brumal

La suciedad y el desorden de la casa del cura no tenían nada que envidiar al estado lamentable de la iglesia. Las telarañas se habían adueñado de techos y rincones, los muebles yacían amontonados en el centro de lo que parecía la pieza principal y un olorcillo difícil de definir impregnaba cortinas, visillos y las fundas de los sillones en que acabábamos de acomodarnos. Pensé que necesitaba beber algo. Pero ya el cura, adivinando mis deseos, se me había adelantado. Sirvió dos copitas de aguardiente de fresa. Apuré la mía de un sorbo.
-Así que es usted oriunda de la aldea… Muy interesante. Mucho.
Miró a través de la ventana, y yo seguí la dirección de sus ojos. En la Plaza, una docena de hombres conversaba animadamente.
-… Y ha venido aquí para recuperar su pasado, ¿no es cierto?
Me encogí de hombros. El sacerdote disimulaba preguntas, pero yo lo sabía ensimismado, indiferente a una respuesta por demás innecesaria. ¿A qué podía haber venido si no? ¿A quién, fuera de los hijos de la aldea, se le podía ocurrir visitar Brumal? Me angustió la soledad de aquel hombre joven, obligado a vivir entre ruinas, y eché una mirada discreta a la desastrada habitación.
-Mi ama de llaves falleció hace unos meses –explicó a modo de excusa.
Me serví un segundo aguardiente y sentí un delicioso calorcillo en el estómago. El párroco se apresuró a rellenarme la copa. El antiguo desconcierto se había convertido en euforia. Creí llegado el momento de agradecerle su hospitalidad y empecé a hablar. Hablé durante largo rato: horas quizá. Hablé de mi padre, recordé a tía Rebeca e intenté recuperar los rostros de las amigas del desaparecido colegio. ¿Dónde estarían ahora? ¿En la Plaza tal vez? ¿En esa creciente algarabía que me hacía, a ratos, interrumpir las explicaciones?¿Elaborando mermeladas, confituras, compotas….en esos luminosos altillos de los que surgían hebras de humo azul, violeta, naranja…? Mi cabeza funcionaba a una velocidad de vértigo pero no por ello dejé de apurar las copas que, sin descanso, me seguía sirviendo el sacerdote. El aroma de las fresas se había hecho envolvente.
-Esta es una de las especialidades de Brumal –dijo de pronto.
Su mirada había adquirido un brillo impropio de un sacerdote. No recordaba haberle hablado de mi libro de cocina ni dela tinajilla mohosa que, apenas veinticuatro horas antes, me hiciera tomar la decisión de conocer Brumal. Sentí un pequeño estremecimiento y mi mente se encargó de repetirme que en esas tierras no crecía planta alguna, ni siquiera zarzamora o mala hierba por los caminos. Las risas de la Plaza, cada vez más estridentes, me impulsaron a volverme de nuevo. Ahora los ventanucos de los altillos aparecían en sombras, y algunas mujeres se habían unido al bullicioso grupo de la Plaza. Tenía que irme.
-Es pronto todavía –dijo el párroco. Parecía contento y la forma en que se refrotaba las manos indicaba una excitación creciente que empezaba a incomodarme-. No puede marcharse ahora sin ver antes lo que le interesa. Mermelada de fresa… -y subrayó la última palabra con una sonrisa.
Iba a enfundarme  el abrigo, pero ya el hombre me había tendido un astroso y maloliente mandil negro. Al incorporarme, volví a verle como a un joven inofensivo, un pobre cura de pueblo para quien, con toda seguridad, charlar conmigo constituía el único acontecimiento de interés desde hacía algunos años. Ahora sujetaba con ambas manos el mandil y el brillo burlón había desaparecido de sus ojos.
-Póngaselo. Así no se ensuciará el vestido.
Abrió una puerta chirriando, y yo le seguí con precaución por una angosta y oscura escalera de caracol. El aire se había hecho irrespirable y el alcohol empezaba a castigarme con sus efectos. “Ya hemos llegado”, oí. El resplandor de un fósforo iluminó de pronto el interior de un altillo.
Era una estancia espaciosa y, al contrario de todo lo que había contemplado hasta entonces, extremadamente ordenada y limpia. Un infiernillo de alcohol ocupaba una mesa central rodeada de ollas, tarros y marmitas. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles. En algunos había libros. En la mayoría, pomos minúsculos, vasijas de barro, tinajillas mohosas sin inscripciones ni leyendas. El sacerdote encendió un quinqué y una luz poderosa como la del día hizo visible hasta el último rincón del altillo. En una esquina vi un incensario y una casulla bordada en oro.
-No está tan ordenado como cabría desear –dijo el cura-. Pero no quiero entretenerla… Husmee. Husmeé gusto.
¿Qué rara emoción me hizo desoír las llamadas del instinto? Sin darme cuenta me encontré entregada a una actividad frenética. Destapé algunas tinajas, las olí, volqué parte de su contenido en una marmita de cobre. Intenté leer algunas inscripciones que, sin orden ni concierto, aparecían sobre algunos de los tarros. Abrí un cuaderno que yacía junto al infiernillo. La letra era temblorosa y el trazo del lápiz se confundía a ratos con las arrugas del macilento papel. “Me llevaría tiempo”, pensé, “mucho tiempo”.
El sacerdote me había dejado a solas en la habitación. Me alegré. Observé el montón de objetos que en pocos minutos había reunido sobre la mesa. No sabía por dónde empezar. Me ajusté el mandil y por un momento me pareció oír un lamento, una súplica, aquellos suspiros que acompañaron toda mi infancia... La miseria, recordé, la miseria de la que siempre hablaba Madre. Pero el pomo que sostenía  en la mano pedía a gritos ser abierto y el infiernillo que acababa de encender me prometía apasionantes e inesperadas aventuras. “Brumal”, dije en alta voz. “Brumal...” Y un eco burlón me devolvió el sonido de mis palabras.


viernes, 29 de marzo de 2013

Un gran trabajo, Violeta

Emilio Rámila (2008): Calderos

Lúnula y Violeta

Me levanto a las cinco y saco agua del pozo. Un cubo para cocinar, otro para nuestro aseo, dos o tres para la limpieza de la casa y un barreño para refrescar la huerta. En esta operación invierto por lo menos dos horas, pero así y todo –a pesar de que me desenvuelvo mejor que en los primeros días- sé que no resulta suficiente. Las hortalizas han cambiado de aspecto desde que Lúnula no puede ocuparse de ellas y, quizá porque el calor aumenta de hora en hora, las reservas del pequeño aljibe han menguado considerablemente. También las provisiones que hace unos días parecían eternas están a punto de agotarse. Extrañamente, el camión del pueblo que solía pasar por aquí de cuando en cuando parece haberse olvidado de nuestra existencia. “Ocurre a veces”, me dijo Lúnula ayer noche mientras cenaba en la mesa de su dormitorio. “Luego, de repente, se acuerdan otra vez y vuelven a pasar.” Pero, mientras, nos hallamos aisladas y algo hay que comer. Por eso esta mañana no he tenido más remedio que matar un gallo. Ha sido un trabajo duro, desagradable en extremo para una persona como yo, totalmente ajena a las tareas de una granja. Lúnula, envuelta en un batín de seda china, se ha encargado de dirigir la operación desde la ventana de su cuarto. “Retuércele el cuello”, decía. “Con decisión. No le demuestres que tienes miedo. Es un momento nada más. Atóntalo, maréalo. No le des respiro.” He intentado inútilmente seguir sus consejos. El gallo estaba asustado, picoteando mis brazos, dejando entre mis dedos  manojos de plumas. He sentido náuseas y, por un momento, he abandonado corriendo el corral. Pero Lúnula seguía gritando. “No lo dejes ahora. ¿No ves que está agonizando? Casi lo habías estrangulado, Violeta. Remátalo con el hacha. Así. Otra vez. No, ahí no. Procura darle en el cuello. No te preocupes de la sangre. Estos gallos son muy aparatosos. Aún no está muerto. ¿No ves cómo su cabeza se convulsiona, cómo se abren y cierran sus ojitos? Eso es. Hasta que no se mueva una sola pluma. Hasta que no sientas el más leve latido. Ahora sí. Murió. Cerciórate. Un gran trabajo, Violeta.” Y yo me he quedado un buen rato aún junto al charco de entrañas y sangre, de plumas teñidas de rojo, como mis manos, mi delantal, mis cabellos. Llorando también lágrimas rojas, sudando rojo, soñando más tarde solo enrojo una vez acostada en mi dormitorio: un cuarto angosto sin ventilación alguna al que solo llegan los suspiros de Lúnula debatiéndose con la fiebre.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Codornices en pétalos de rosas (Laura Esquivel:Como agua para chocolate)



Alfonso Arau (1992) : Como agua para chocolate

CODORNICES EN PÉTALOS DE ROSAS (Laura Esquivel, 1989)

INGREDIENTES:

  • 12 rosas, (rojas, si es posible)
  • 12 castañas
  • 2 cucharadas de mantequilla
  • 2 cucharadas de fécula de maíz
  • 2 gotas de esencia de rosas
  • 2 cucharadas de anís
  • 2 cucharadas de miel
  • 2 ajos
  • 6 cordonices
  • 1 pithaya

    PREPARACIÓN:

    Con cuidado, separar los pétalos de rosas, tratando de no pincharse los dedos, porque (a) es doloroso y (b) si los pétalos se impregnan de sangre, alteran el sabor del plato y puede provocar reacciones químicas peligrosas.
    Pero Tita, con la profunda emoción de haber recibido un ramo de rosas de Pedro, no recordó ese pequeño detalle. Ésta era la primera emoción profunda que sentía desde el día de la boda de su hermana, cuando Pedro le dijo que la amaba. Mamá Elena sospechaba lo que podría pasar si Pedro y Tita tenían la oportunidad de estar solos. Hasta ahora, Mamá Elena se había ingeniado formas de mantenerlos a una distancia. Pero Mamá Elena no había anticipado la muerte de Nacha, la cocinera. Entre todas las mujeres de la casa, Tita era muy capaz de tomar la vacante de cocinera, y de la cocina escapaban los sabores, los olores, las texturas y lo que éstas pudieran provocar.
    Tita era el último eslabón de una cadena de cocineras que sabían los secretos de la cocina, la mejor exponente de este maravilloso arte culinario. Por lo tanto, Tita fue nombrada cocinera oficial del rancho; esta noticia fue bien recibida por todos. Tita aceptó el cargo con agrado, pero sentía la ausencia de Nacha.
    Tita se sentía muy deprimida porque, con la muerte de Nacha, Tita se encontraba muy sola. Como si hubiera muerto su propia madre. Pedro, tratando de levantar su espíritu, le llevó un ramo de rosas al cumplir su primer aniversario como cocinera del rancho. Pero Rosaura que esperaba su primer bebé, cuando vio que Pedro le dio las rosas a Tita y no a ella, Rosaura se marchó de la sala llorando.
    Con una mirada, Mamá Elena ordenó a Tita que salga de la sala y que se libre de las rosas. Mamá Elena, con otra mirada a Pedro, le dio a entender que él podía remediar la situación. Pedro, pidiendo disculpas, salió en busca de Rosaura. Las rosas eran de color rosado, pero Tita las apretó con tanta fuerza, que la sangre de sus manos y su pecho las pintó de rojo. ¡Estaban las rosas tan hermosas! No era posible tirarlas a la basura por dos motivos. Primero, porque nunca había recibido flores; segundo, porque Pedro le había dado las flores. De pronto, escuchó la voz de Nacha, quién le dictaba al oído una receta prehispánica donde se utilizaban pétalos de rosa. Tita no recordaba la receta porque para hacerla se necesitaban faisanes, y en el rancho no había esa clase de ave.
    Lo único que tenía en ese momento era codornices. Tita cambió un poco la receta; lo importante era usar las flores.
    Con eso en mente, salió al patio a perseguir codornices. Atrapó seis, las llevó a la cocina y las mató. Esto no fue fácil porque Tita las había cuidado y alimentado.
    Tita respiró hondo, agarró a la primer ave, y le retorció el pescuezo como hacía Nacha. Pero Tita hizo ésto con poca fuerza y la pobre codorniz no murió, sino que se fue quejando por toda la cocina con la cabeza colgando de lado. Tita comprendió que no podía ser débil: ésto o había que hacerlo con firmeza o causaba gran dolor a las codornices. Tita pensó en la fuerza de Mamá Elena, la cual mataba sin piedad. La boda de Pedro con Rosaura había dejado a Tita como a esta codorniz, con la cabeza y el alma fracturada. Para que no sufra más, y en un acto de piedad terminó de matarla. Fue más fácil con las otras. Tita se imaginaba que cada ave tenía un huevo tibio en el buche y que ella piadosamente las liberaba de ese martirio con darles un buen golpe. Cuando era niña, era obligatorio desayunar con un huevo tibio, cosa que Tita odiaba.
    Tita realizaba todas las tareas en la cocina como las realizaba Nacha: desplumaba las aves en seco, le sacaba las víceras y las freía.
    Después de desplumarlas y vaciarlas, se les atan las patas a cada una para que mantengan esa posición mientras se doran en la mantequilla, con sal y pimienta a gusto.
    Es importante desplumarlas en seco, porque sumergirlas en agua hirviendo cambia el sabor de la carne. Éste es uno de los muchos secretos de la cocina que sólo se adquieren con la práctica. Rosaura no había querido participar en las actividades culinarias desde que se quemó las manos en el comal, por eso ella ignoraba éste y muchos otros conocimientos gastronómicos. Sin embargo, no se sabe por qué, pero Rosaura intentó cocinar en una ocasión. Cuando Tita amablemente quiso darle consejos, Rosaura se enfadó y le pidió a Tita que la dejara sola en la cocina.
    Obviamente el arroz se pegó, la carne estaba salada, y el postre se quemó. Nadie en la mesa se atrevió a mostrar ningún gesto desagradable, pues Mamá Elena había comentado:
    Es la primera vez que Rosaura cocina y opino que no lo hizo tan mal. ¿Qué opina usted, Pedro?
    Pedro no quizo ofender a su esposa y respondió:
    No, para ser la primera vez no está tan mal.
    Por supuesto esa tarde toda la familia se enfermó del estómago.
    Fue una verdadera tragedia, claro que no tanta como la que se alzó en el rancho ese día. La fusión de la sangre de Tita con los pétalos de las rosas que Pedro le había regalado resultó ser de lo más explosiva.
    Cuando se sentaron a la mesa había un ambiente un poco tenso, pero esto no aumentó hasta que se sirvieron las codornices. Pedro, no contento con haber provocado los celos de su esposa, saboreó el primer bocado del platillo, cerró los ojos y exclamó:
    ¡Éste es un placer de los dióses!
    Mamá Elena, aunque reconoció que se trataba de un guiso verdaderamente exquisito, con fastidio respondió:
    Tiene demasiada sal.
    Rosaura, pretextando náuseas y mareos, no pudo comer más que tres bocados. En cambio a Gertrudis algo raro le pasó.
    Parecía que el alimento le producía a Gertrudis un efecto afrodisíaco y empezó a sentir un intenso calor que le invadía las piernas. Un cosquilleo en el centro de su cuerpo no la dejaba estar correctamente sentada en la silla. Empezó a sudar y a imaginar que se sentiría sentada a lomo de un caballo, abrazada por un villista, que ella había visto en la plaza del pueblo, oliendo a sudor, a tierra, a vida y a muerte. Gertrudis iba al mercado con Chencha, la sirvienta, cuando lo vio entrar por la calle principal de Piedras Negras, y venía al frente de todos, como capitán de la tropa. Sus miradas se encontraron y lo que ella vio en los ojos de él la hizo temblar. Vio muchas noches junto al fuego, deseando la compañía de una mujer a la cual él pudiera besar, una mujer a la que pudiera abrazar, una mujer... como ella. Sacó su pañuelo y trató de que junto con su sudor se fueran de su mente todos esos pensamientos pecaminosos.
    Pero era inútil. Algo extraño le pasaba. Trató de buscar apoyo en Tita, pero Tita estaba ausente. El cuerpo de Tita estaba correctamente sentado en la silla, pero no había ningún signo de vida en los ojos. Tan raro este fenómeno, parecía que su ser se había disuelto en la salsa de las rosas, en el cuerpo de las codornices, en el vino y en cada uno de los olores de la comida. De esta manera Tita penetraba en el cuerpo de Pedro, voluptuosa, aromática, calurosa, completamente sensual.
    Parecía que habían descubierto un código nuevo de comunicación en el que Tita era la emisora, Pedro el receptor y Gertrudis la que sintetizaba esta relación sexual, a través de la comida.
    Pedro no se resistió, la dejó entrar hasta el último rincón de su ser sin poder quitarse la vista el uno del otro. Le dijo: Nunca había probado algo tan exquisito, muchas gracias.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Medio pan y un libro


"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
"Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
"No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
"Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
"¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
"Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz".

Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931.

domingo, 28 de octubre de 2012

Umm al-Kiram

Eugène Delacroix (1834): Mujeres argelinas en sus habitaciones. Musee du Louvre, París.
Umm al-Kiram. Noble princesa, sobrina de Al-Mutasim de Almería. Aó 455 de la Hégira.

Las apasionadas palabras de Umm al Kiram habían llamado la atención de sus primas, que se divertían en el jardín del harén, aproximándose curiosas y atrayendo justamente a sus amas, y a otras esclavas que portaban las sombrillas y los pañuelos, y los cestos de frutas y también a las aguadoras, y de tal suerte que vieron el grupo las otras esclavas que podaban los setos y limpiaban los arbustos de artemisas y las bordadoras que aprovechando ese día no soplaba el viento típico de Almería, habíanse sacado la labor a los jardines, y también todas ellas se iban acercando, igual que las esclavas madres, dos de las cuales ya lucían abultado embarazo, y las cantoras que descansaban de una larga noche de convites a la sombra de las palmeras, con todo lo cual formóse un grupo de más de cuarente mujeres arracimadas sobre la hierba alrededor de Umm, y los guardias eunucos no dijeron nada y las dejaron estar, porque con todas juntas ellos no podían y preferían hacer la guardia en otro sitio. Las dos primas de Umm, osadas y charlatanas, con tantas ganas de diversión que no parecían princesas a decir de Al-Nadá, alborotaron cuanto quisieron y pedían a su afligida prima que contase detalles de sus amores. Que quién es, que cómo se llama, que cuáles son sus gracias, preguntaban, y se reían escandalosamente haciendo reír a las otras mujeres y provocaban las riñas de Al-Nadá y de alguna otra vieja juiciosa, que cuándo vas a verlo y cuántas notas te ha escrito, y qué palabras de amor te dedica, y que si ya te hizo regalos, y que si ya te desgranó la fruta, y de ahí pasaban a preguntas obscenas y a descripciones atrevidas de besos y caricias y posturas amorosas y otras cosas tan impúdicas que casi están a punto de provocar que Al-Nadá llamase a los guardias para disolver la reunión, entre gritos y comentarios y risas y gestos de las otras, pero Umm al-Kiram alzó una mano en señal de que iba a hablar para cumplir con la curiosidad de las jóvenes y para sosegar los ánimos exaltados de las ancianas, por lo que todas se calmaron y atendieron a la muchacha.

Ángeles de IRISARRI y Magdalena LASALA (1998): Moras y cristianas. Emecé Editores, Narrativa histórica: Barcelona. Páginas 236-237.

Floria, la tabernera

Esteban GARCÍA (1028-72): Beato de Saint-Sever. Mujer sobre la bestia
Sahagún (León). Era 1026. Año vulgar de 988

(...) Que ya empezaba a colmarse la paciencia de Floria, que Floria era mujer brava, cómo si no hubiera podido regentar con éxito una taberna en el camino de Compostela, que sacaba el mal genio cuando era menester, ah, que necesitaba un trago de vino para encararse con el hombre, o lo que fuera, con el del árbol, ah, que no tenía vino ni orujo ni sidra que llevarse al gaznate. Ah, que había de sobreponerse, alzar la cabeza y hablar con el ser sobrenatural que no cesaba de incomodarla con su lluvi de bellotas...
Floria levantó la cabeza y quiso la mala fortuna que una bellota le diera en el ojo, lastimándoselo, pero no se achantó. Preguntó al sujeto que veía sentado en una rama: "¿Quién eres?" Y siguió: "¿Qué has venido a hacer a Sahagún? ¿Qué quieres? Te he visto volar... Oyer, ¿eres Dios? Si me llevas contigo te prepararé -y ponía voz melosa, sacando sus artes de tabernera, como cuando recitaba a los peregrinos lo que tenía para comer-, te regalaré con una opípara comida, te serviré grandes soparios con caldo de ajo, pan, berza, nabos y tropezones de cecina y de tocino; fabada con morcillas; anchas bandejas con truchas de Valderagüey y barbos del Cea; cuencos con lomo adobado, perdiz en escudilla, cordero asado, y para postre, natillas... Todo ello sin escatimar y regado con vino que mando comprar en Covarrubias, con vino negro de esta tierra, ambos sin cristianar por un día, y con sidra. Comeremos los dos y las sobras las echaremos a los perros".
La dueña volvió a repetir los platos que le serviría, como tentando a la extraña criatura con ellos, como si el Hacedor, el ángel o el diablo, pudiera tener hambre, como si el ser sobrenatural fuera a comer una escudilla de perdiz encebollada cunado, además, no había allí nada, ni perros había, e, insensata, continuó mucho tiempo, con riesgo de su vida, pues gritaba mucho y podía presentarse el sarraceno otra vez, sin avisar, y terminó diciéndole: "Mira, Dios, que te aderezo una gran mesa, saco mi mejor loza, la roja, busco en el arca las manutergas, esos lienzos que sirven para limpiarse las manos y los labios cuando se come, que no se ven en las casas, pongo velas y, luego, platos vacíos para los santos mártires de Sahagún aquellos que trajo el río Cea y que fueron asesinados por los romanos, los siete hermanos de Facundo y Primitivo, santos todos e hijos de santo y santa, los que fueron quemados dos veces, arrancados sus ojos, sometidos a mil horrores y arrojados al río. Los que hace tres días, descansaban en paz en el convento, que, hoy, no lo sé. Te gustará comer con ellos..." 

Ángeles de IRISARRI y Magdalena LASALA (1998): Moras y cristianas. Emecé Editores, Narrativa histórica: Barcelona. Páginas116-117.

viernes, 5 de octubre de 2012

Luciérnagas

Fotografía de dos niñas, en Madrid, refugiadas de la Guerra Civil. Archivo de la Creu Roja Internacional de Ginebra EFE/FOTOTECA. Se desconoce la identidad de las niñas y del fotógrafo
- Sol... ¿Tienes mucha hambre?
Un hombre rebuscaba entre la basura, amontonada al final de las calles, en los solares, despidiendo un olor acre y nauseabundo. Una mujer de melena mitad negra mitad amarilla, tal vez joven, que tal vez fue hermosa y coqueta, cruzaba la calle cansadamente arrastrando de la mano a un niño de grandes orejas. Hambre. Hambre, en todas partes donde mirase.
Sol apoyó la cabeza en el hombro de su hermano, y sintió una lágrima inesperada resbalándole hacia la sien. Eduardo la miró de frente y la abrazó con fuerza. Era la primera vez que lo sentía humano, próximo.
-Anda, no llores. Ven conmigo. Te llevaré a un sitio donde podré darte algo de comer.
La llevó ciudad arriba, hacia el Tibidabo. A medida que se acercaban a la montaña, la ciudad, tras ellos, parecía huir rosadamente, dulcemente, como si no existiese la guerra. Tal vez fue aquella la primera vez que Eduardo la trató como hermano. Durante el camino le iba hablando de un modo desconocido, confidencial. En la calle, fuera del piso y de su clima invadido, se sentían más cerca uno del otro, las palabras brotaban con menos esfuerzo.
-En este tiempo he aprendido muchas cosas, Sol -dijo él-. Te aseguro que ahora entiendo la vida.
- ¡Adónde vamos?
- A una barraca.
- ¿Y por qué?
- Ya verás. Es una especie de refugio. Mío y de mis amigos.
Le explicó, entonces, que tenían una guarida, con provisiones, en una barraca de la ladera de la montaña. En ella, además de ser el punto de reunión, vivía un muchacho, llamado Chano. En improvisadas cuevas, en el Tibidabo vivían gentes que huían de los bombardeos, anidadas como animales, resguardándose con jirones de estera y cañas secas.
Cuando llegaron, la noche estaba ya muy próxima, pero una claridad azul bañaba los salientes de la roca, las cañas y las barracas. Alguna que otra hoguera enrojecía levemente el paisaje desnudo y mísero. Del humo tenue de aquellas fogatas, Sol creyó oír brotar una agria sinfonía de quejas, riñas y desolación.
Nunca antes pisó aquellos parajes. La hierba aparecía rapada y seca, y la tierra polvorienta, muy pisoteada. La silueta de las montañas despedía una extraña luminosidad lechosa. Muchos de los árboles fueron talados para hacer leña. Una estrella, solitaria, parpadeaba a lo lejos.
La barraca era pequeña y frágil, construida con ladrillos viejos, latas oxidadas y cañas. Eduardo apartó los maderos que protegían el agujero de la puerta, y entraron. Olía a suciedad, a frío y a hierbas mustias. En una esquina un colchón, mugriento y aplastado, despedía un hedor dulzón.
- Siéntate -dijo Eduardo.
Obedeció, no sin cierta repugnancia. Eduardo encendió un candil de aceite y el interior de la barraca se llenó de una claridad amarilla, espesa. Una columna de humo, delgado y negro, ascendía al techo. Sol apretó los brazos contra el cuerpo. El viento soplaba por entre las cañas y los ladrillos mal ajustados.
Eduardo manipuló entre los sacos y los cajones, que casi llenaban todo el reducido espacio. De pequeñas trampas y lugares muy ocultos, sacó chocolate, pan y una lata de carne en conserva. Abrió la lata y colocó un trozo, rojo y gelatinoso, en un plato de aluminio, como los que usan los soldados. Luego desdobló la navaja y le entregó ambas cosas.
Con el plato en las rodillas, Sol comió ávidamente. La carne estaba fría y tenía un gusto fuerte e insípido a la vez. Sin embargo, todo su ser parecía renovarse. Mientras comía, no se atrevía siquiera a mirar a su hermano, sentado en un cajón, frente a ella.

MATUTE, Ana María (2011): Luciérnagas. Editorial Austral. Destino: Barcelona. Páginas 73-75.
Foto: MINISTERIO DE CULTURA

Ruta literaria de Luciérnagas


lunes, 9 de abril de 2012

Los detectives salvajes

Laura González (2009): Los detectives salvajes / Roberto Bolaño
Bárbara Patterson, en la cocina de su casa, Jackson Street, San Diego, California, octubre de 1982. Nuestra vida era infame pero cuando Rafael supo que Ulises Lima no había vuelto de un viaje a Nicaragua se volvió doblemente infame.
Esto no puede seguir así, le dije un día. Rafael no hacía nada, no trabajaba, no escribía, no me ayudaba a limpiar la casa, no salía a hacer la compra, lo único que hacía era bañarse cada día (eso sí, Rafael es limpio, como casi todos los putos mexicanos) y mirar la tele hasta que amanecía o salir a la calle a tomar cervezas o a jugar al fútbol con los jodidos chicanos del barrio. Cuando yo llegaba me lo encontraba a la puerta de casa, sentado en las escaleras o en el suelo, con una camiseta del América que apestaba a sudor, bebiéndose su TKT y dándole a la lengua con sus amigos, un grupito de adolescentes con el encefalograma plano que lo llamaban el poeta (cosa que a él no parecía disgustarle) y con los que se estaba hasta que yo ya había preparado la jodida cena. Entonces Rafael les decía adiós y ellos órale, poeta, hasta mañana, poeta, otro día seguimos la plática, poeta, y recién entonces entraba en casa.
Curt Gibbs (2010)
Yo, la verdad, ardía de rabia, de puro coraje, y de buena gana le hubiera puesto veneno en sus pinches huevos revueltos, pero me contenía, contaba hasta diez, pensaba está pasando por una mala racha, el problema era que yo sabía que la mala racha duraba ya demasiado tiempo, cuatro años para ser exactos, y aunque no escasearon los buenos momentos, la verdad es que los malos eran mucho más numerosos y mi paciencia estaba llegando al límite. Pero me aguantaba y le preguntaba qué tal te ha ido el día (pregunta estúpida) y él decía, ¿qué iba a decir?. bien, regular, más o menos. Y yo le preguntaba: ¿de qué platicas con esos muchachos? Y él decía: les cuento historias, los instruyo en las verdades de la vida. Luego nos quedábamos en silencio, la tele encendida, cada uno ensimismado en sus respectivos huevos revueltos, en sus pedazos de lechuga, en sus rodajas de tomate, y yo pensaba de qué verdades de la vida hablas, pobre infeliz, pobre desgraciado, de qué verdades instruye, pobre gorroncito, pobre sangroncito, ojete de mierda, que si no fuera por mí estarías ahora durmiendo bajo el puente. Pero no le decía nada, lo miraba y nada más. Aunque hasta mis miradas parecían molestarlo. Me decía: qué me miras, güera, qué estás maquinando. Y yo entonces forzaba una sonrisa de pendeja, no le contestaba y empezaba a recoger los platos.

BOLAÑO Roberto (1998): Los detectives salvajes. Editorial Anagrama, Colección Compactos: Barcelona (páginas 346-347).

viernes, 6 de enero de 2012

Primeras dificultades

Antonio López Torres (1984): Panorámica urbana de Tomelloso
En la fonda, al principio se encontraba bien; pero se cansó pronto de estar allí. Las conversaciones de los viajantes le iban fastidiando; la  comida, siempre de carne y sazonada con especias picantes, le producía digestiones pesadas.
—¿Pero no hay legumbres aquí? —le preguntó al mozo un día.
—Sí.
—Pues yo quisiera comer legumbres: judías, lentejas.
El mozo se quedó estupefacto, y a los pocos días le dijo que no podía ser; había que hacer una comida especial; los demás huéspedes no querían comer legumbres; el amo de la fonda suponía que era una verdadera deshonra para su establecimiento poner un plato de habichuelas o de lentejas.
El pescado no se podía llevar en el rigor del verano, porque no venía en buenas condiciones. El único pescado fresco eran las ranas, cosa un poco cómica como alimento. 

BAROJA, Pío (1911): El árbol de la ciencia. Edición de Pío Baroja. Caro Raggio/Cátedra, páginas 193-195).

    lunes, 29 de agosto de 2011

    Echar el arroz (La noche de los tiempos)

    Luis Morello (2008): Arroz
    Desde muy temprano la familia se preparaba para la celebración -retrasada al sábado, para darle mayor realce- de la onomástica de don Francisco de Asís. De la cocina venía el borboteo y el olor del caldo del guiso, así como la voz melodramática de doña Cecilia, que deliberaba con Adela, con las criadas y con don Francisco de Asís sobre la conveniencia o no de ir echando el arroz, por miedo a que si su hijo Víctor se retrasaba en llegar, como tantas veces, lo encontrara pasado, con lo que a él le gustaba, con lo fácil que era que el arroz se pasara y perdiera toda la gracia. En aquella familia no había nada que no fuera una costumbre inmemorial, una conmemoración: cada vez que doña Cecilia preparaba un guiso -"legendario", a juicio de don Francisco de Asís- se repetía casi palabra por palabra el conflicto sobre el momento adecuado de echar el arroz, lo que don Francisco de Asís llamaba "la cuestión palpitante": añadir el arroz del caldo que borboteaba o esperar un poco más; mandar o no a la criada a asomarse a la verja por si el señorito Víctor llegaba a Madrid; esperar al menos a que se oyera el próximo tren en la estación. Ignacio Abel pensaba en Judith Biely -pero no tenía que invocarla: era una presencia constante y secreta en su memoria- y saludaba y conversaba como un actor muy secundario que no tiene que esforzarse mucho para cumplir su papel asignado. Escuchaba cosas, asentía sin enterarse de nada, perfeccionaba su capacidad de resignación y de ausencia. Cuando llegó por fin Víctor -¡por una corazonada casi telepática doña Cecilia había echado el arroz tan solo hacía unos minutos- no le costó nada aceptar su apretón de manos excesivo sin mostrar desagrado. (...)

    Antonio Muñoz Molina (2009): La noche de los tiempos, Editorial Booket, Novela, 209-210.

    lunes, 15 de agosto de 2011

    Dulce alimento mío

    RN
    Manuel Padorno: Desde el cuarto de estar, Punta Brava
    Al abrir la ventana antiguamente,
    ayer, esta mañana, ahora mismo,
    el esplendor del fruto todavía,
    un hombre mira al mar, parece lejos
    entre las altas rocas que amanecen,
    pero de tarde en tarde, cada noche
    resucitó gozoso, vivió un día,
    bajó a la playa, pastorea luz.
    El hombre vuelve a ver la mar tendida,
    el ave llameante, el sol que emerge
    por el acantilado, el agua luminosa,
    la luz encima de la larga mesa,
    el incendio más alto, silencioso
    rodar hasta la orilla de la mar;
    la flor baja invisible, resonante
    de piedra mineral delicadeza,
    voraz, que quema el ojo lentamente;
    la espuma fermentada, que se abre
    en la mansa mañana de septiembre
    y vuelve a caldear el aire solo,
    la claridad marítima erguida, abierta
    la carretera que no tiene traza
    de ir a parte alguna, desleída
    gaviota que acompaña la blancura
    al borde mismo, el filo de la nube,
    estampada la garza que orillea
    humeante, allá en el interior del día,
    entre las algas que se pudren; pica
    debajo de la arena un gran racimo
    de transparentes uvas decididas
    mientras emerge la manzana sola,
    ruge solar, fruta devoradora
    que monda en su infinita mano abierta,
    celestes dedos cifradores sajan
    y pelan y se llevan a la boca
    el alimento de la luz vacía.

    Manuel Padorno (1980-1987): Bestiario atlántico, Ediciones Idea, 2006, 67-68.
    Ana Padorno: Bosque marino, Las Palmas
    La realidad estaba llena de olores, de animales, de sentimientos.(...) Él (mi abuelo) me llevaba en la cesta del pan. (...) Todo ese tipo de olores, de gustos, yo los comencé a gozar desde la niñez....
    Manuel Padorno (2000): La carretera del mar. Capilla atlántica
    Página oficial de Manuel Padorno.
    Facebook de Manuel Padorno.
    Exposición de Helena Rohner: La nube rosa, una aproximación a la obra de Manuel Padorno.

    viernes, 12 de agosto de 2011

    Cena de Nochebuena: Rosa Chacel

    Clara Peeters ( hacia 1611): Bodegón. Museo del Prado.
    "Cuando abríamos el horno donde el pavo se doraba con la manteca, cuando espolvoreábamos la canela en la sopa de almendras caliente, cuando cortábamos las pencas de apio sobre la ensalada de escarola y granada, los olores de aquellas cosas nos hablaban y nos mantenían en una animación que nos impedía cansarnos de aquel trajinar.
    Teníamos las manos húmedas y heladas y los carrillos ardiendo de inclinarnos sobre el fogón, pero estábamos alegres e incansables y cada ráfaga de vapor oloroso que nos pasaba por la cara nos hacía cambiar una mirada."

    Rosa Chacel (1945) : Memorias de  Leticia Valle. Diario El Público (edición: 2010), 75.


    Más información sobre la autora:

    Rosa Chacel: Memorias de Leticia Valle

    Mateo Cerezo ( hacia 1664): Bodegón de cocina. Museo del Prado


    "Pero no sólo manipulábamos en la cocina; goloseábamos continuamente.Yo en mi casa no lo había hecho jamás y ella me enseñó. Fuese lo que fuese todo lo probábamos, hasta las cosas que no se le ocurriría nunca a uno comer entre horas. Cuando hacía aquellas alubias blancas con lomo y perejil, preparaba siempre más de las que cabían en el molde y las que quedaban nos las comíamos entre las dos con dos cucharitas de postre. Ella escogía los pedacitos de lomo y me los daba todos, y cuando ponía el relleno en las empanadillas, al meter en cada una un piñón, una aceituna, una pasa, me iba dando a mí y a su chico, que se acercaba a la mesa y abría la boca como un gorrioncillo. Después, cuando calentaba el aceite, freía cuscurros de pan para las muchachas.

    Rosa Chacel (1945): Memorias de Leticia Valle. Diario El Público (2010), 40.


    Más información sobre la autora:


    Alubias blancas con lomo y bacon


    Fuente de la imagen: http://www.isabelmacocinilla.blogspot.com

    miércoles, 3 de agosto de 2011

    El pelele de mi niño

    Miguel Cabrera (2009): Arrorró
    El pelele de mi niño
    se ha peleado
    por una rebanada
    de pan pringado.
    Arrorró arrorró,
    que te canto yo.

    El padre está en Azuaga
    segando trigo
    y un pajarito blanco
    traerá a mi niño.

    Arrorró arrorró,
    que te canto yo.

    Ya se ha puesto el chiquito
    duerme que duerme
    con los ojos abiertos
    como las liebres.
    Arrorró arrorró,
    que te canto yo.

    José Agustín Goytisolo, Los pasos del cazador (1980).
    Edición de Carme Riera: El gran libro de las nanas, Barcelona, 2009, p. 360.
    Arrorró es la canción de cuna canaria por excelencia que, aunque tiene similitudes con nanas de otros lugares, también presenta importantes elementos diferenciadores con respecto a ellas. Es un canto melodioso y lento que se caracteriza por su monotonía y que presenta variaciones dependiendo de cada isla. Incluso, estas variaciones, se pueden encontrar dentro de una misma isla. La forma de arrorró más escuchada en la actualidad es la versionada por el compositor tinerfeño Teobaldo Power, quien la adaptó con maestría a la música clásica, de modo que ha influído de manera determinante en el arrorró popular. Una de las interpretaciones más conocidas del arrorró es la realizada por la vocalista Olga Ramos. Las letras están compuestas por cuartetas octosílabas y se cantan sin repetir los versos. Otro tipo de arrorró de características distintas es el arrorró herreño, de aspecto más arcaico, y con una entonación que podría enlazarlo con cantos norteafricanos. Con respecto al arrorró herreño destaca la interpretación de Valentina la de Sabinosa.
    El término posiblemente proceda de la voz amazigh arraw-raw, sin embargo, dicho término se encuentra tanto en Canarias como en Castilla (donde hubo una importante presencia amazigh durante el establecimiento musulmán en la Península Ibérica), por lo que resulta difícil precisar el modo en el que dicho término llegó al habla canaria actual.
    Información extraída de la Enciclopedia guanche.

    Arrorró herreño

    Arrorró, rró, rró, mi niño, arrorró rró, rró, rró, rró, rrorró, rró, rró, rrorró.
    Y duermete mi niño chico,
    duerme mi niño chico, duérmete y no llores más
    y que vienen los angelitos,
    que vienen los angelitos del cielo y te llevarán. 
    Arrorró, rró, rró, mi niño,
    arrorró rró, rró, rró, rró, rrorró, rró, rró, rrorró.
    Y si mi niño se durmiera
    y si mi niño se durmiera yo le daba un regalito
    y una piedrita de azúcar
    y una piedrita de azúcar envuelta en un papelito. 
    Arrorró, rró, rró, mi niño,
    arrorró rró, rró, rró, rró, rrorró, rró, rró, rrorró.
    Y en los brazos de su madre,
    en los brazos de su madre un pobre niño murió
    y creendo en que dormía
    y creeendo en que dormía le cantaba el arrorró. 
    Arrorró, rró, rró, mi niño,
    arrorró rró, rró, rró, rró, rrorró, rró, rró, rrorró. 
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