domingo, 31 de marzo de 2013

Los altillos de Brumal

Jorge Toro (2013): Mermelada de fresa casera

Los altillos de Brumal

La suciedad y el desorden de la casa del cura no tenían nada que envidiar al estado lamentable de la iglesia. Las telarañas se habían adueñado de techos y rincones, los muebles yacían amontonados en el centro de lo que parecía la pieza principal y un olorcillo difícil de definir impregnaba cortinas, visillos y las fundas de los sillones en que acabábamos de acomodarnos. Pensé que necesitaba beber algo. Pero ya el cura, adivinando mis deseos, se me había adelantado. Sirvió dos copitas de aguardiente de fresa. Apuré la mía de un sorbo.
-Así que es usted oriunda de la aldea… Muy interesante. Mucho.
Miró a través de la ventana, y yo seguí la dirección de sus ojos. En la Plaza, una docena de hombres conversaba animadamente.
-… Y ha venido aquí para recuperar su pasado, ¿no es cierto?
Me encogí de hombros. El sacerdote disimulaba preguntas, pero yo lo sabía ensimismado, indiferente a una respuesta por demás innecesaria. ¿A qué podía haber venido si no? ¿A quién, fuera de los hijos de la aldea, se le podía ocurrir visitar Brumal? Me angustió la soledad de aquel hombre joven, obligado a vivir entre ruinas, y eché una mirada discreta a la desastrada habitación.
-Mi ama de llaves falleció hace unos meses –explicó a modo de excusa.
Me serví un segundo aguardiente y sentí un delicioso calorcillo en el estómago. El párroco se apresuró a rellenarme la copa. El antiguo desconcierto se había convertido en euforia. Creí llegado el momento de agradecerle su hospitalidad y empecé a hablar. Hablé durante largo rato: horas quizá. Hablé de mi padre, recordé a tía Rebeca e intenté recuperar los rostros de las amigas del desaparecido colegio. ¿Dónde estarían ahora? ¿En la Plaza tal vez? ¿En esa creciente algarabía que me hacía, a ratos, interrumpir las explicaciones?¿Elaborando mermeladas, confituras, compotas….en esos luminosos altillos de los que surgían hebras de humo azul, violeta, naranja…? Mi cabeza funcionaba a una velocidad de vértigo pero no por ello dejé de apurar las copas que, sin descanso, me seguía sirviendo el sacerdote. El aroma de las fresas se había hecho envolvente.
-Esta es una de las especialidades de Brumal –dijo de pronto.
Su mirada había adquirido un brillo impropio de un sacerdote. No recordaba haberle hablado de mi libro de cocina ni dela tinajilla mohosa que, apenas veinticuatro horas antes, me hiciera tomar la decisión de conocer Brumal. Sentí un pequeño estremecimiento y mi mente se encargó de repetirme que en esas tierras no crecía planta alguna, ni siquiera zarzamora o mala hierba por los caminos. Las risas de la Plaza, cada vez más estridentes, me impulsaron a volverme de nuevo. Ahora los ventanucos de los altillos aparecían en sombras, y algunas mujeres se habían unido al bullicioso grupo de la Plaza. Tenía que irme.
-Es pronto todavía –dijo el párroco. Parecía contento y la forma en que se refrotaba las manos indicaba una excitación creciente que empezaba a incomodarme-. No puede marcharse ahora sin ver antes lo que le interesa. Mermelada de fresa… -y subrayó la última palabra con una sonrisa.
Iba a enfundarme  el abrigo, pero ya el hombre me había tendido un astroso y maloliente mandil negro. Al incorporarme, volví a verle como a un joven inofensivo, un pobre cura de pueblo para quien, con toda seguridad, charlar conmigo constituía el único acontecimiento de interés desde hacía algunos años. Ahora sujetaba con ambas manos el mandil y el brillo burlón había desaparecido de sus ojos.
-Póngaselo. Así no se ensuciará el vestido.
Abrió una puerta chirriando, y yo le seguí con precaución por una angosta y oscura escalera de caracol. El aire se había hecho irrespirable y el alcohol empezaba a castigarme con sus efectos. “Ya hemos llegado”, oí. El resplandor de un fósforo iluminó de pronto el interior de un altillo.
Era una estancia espaciosa y, al contrario de todo lo que había contemplado hasta entonces, extremadamente ordenada y limpia. Un infiernillo de alcohol ocupaba una mesa central rodeada de ollas, tarros y marmitas. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles. En algunos había libros. En la mayoría, pomos minúsculos, vasijas de barro, tinajillas mohosas sin inscripciones ni leyendas. El sacerdote encendió un quinqué y una luz poderosa como la del día hizo visible hasta el último rincón del altillo. En una esquina vi un incensario y una casulla bordada en oro.
-No está tan ordenado como cabría desear –dijo el cura-. Pero no quiero entretenerla… Husmee. Husmeé gusto.
¿Qué rara emoción me hizo desoír las llamadas del instinto? Sin darme cuenta me encontré entregada a una actividad frenética. Destapé algunas tinajas, las olí, volqué parte de su contenido en una marmita de cobre. Intenté leer algunas inscripciones que, sin orden ni concierto, aparecían sobre algunos de los tarros. Abrí un cuaderno que yacía junto al infiernillo. La letra era temblorosa y el trazo del lápiz se confundía a ratos con las arrugas del macilento papel. “Me llevaría tiempo”, pensé, “mucho tiempo”.
El sacerdote me había dejado a solas en la habitación. Me alegré. Observé el montón de objetos que en pocos minutos había reunido sobre la mesa. No sabía por dónde empezar. Me ajusté el mandil y por un momento me pareció oír un lamento, una súplica, aquellos suspiros que acompañaron toda mi infancia... La miseria, recordé, la miseria de la que siempre hablaba Madre. Pero el pomo que sostenía  en la mano pedía a gritos ser abierto y el infiernillo que acababa de encender me prometía apasionantes e inesperadas aventuras. “Brumal”, dije en alta voz. “Brumal...” Y un eco burlón me devolvió el sonido de mis palabras.


¿O era otra vez el incómodo recuerdo de una maestra irascible en un aciago primer día de clase?... No. No tenía más que acercar el oído al cristal de la ventana para darme cuenta de que yo conocía aquellas voces. Antes de la enfermedad que me postró en el instituto, antes de que aprendiera a situar Brumal sobre un mapa de colores, yo había conocido aquellas voces. Niñas jugando al corro, refrescándose en la fuente, revolcándose en la tierra agrietada de la Plaza, divirtiéndose en formar bolas de barro, pisoteándolas luego con los pies desnudos, llamándome a gritos, caminando al compás de incomprensibles tonadillas… Sí; no tenía más que pegarlos ojos al cristal para verlas y oírlas:
Otnas Sen reiv se jo-h
Sotreum sol ed a-íd
Y yo, de pronto, conocía la respuesta. Sin ningún esfuerzo podía replicar.
Sabmut sal neib arre-ic
Ort ned nedeuq es e-uq
No necesitaba implorar ¿raguj siadje em?, ¿raguj siajed em?… porque formaba parte de sus juegos. Me estaban esperando y me llamaban: Anairda… Anairda… Anairda… “¡Sí!”, grité. “¡Estoy aquí!” Y me apoyé en el alféizar de la ventana.

Pero todo había sido una efímera ilusión. La Plaza se hallaba en sombras, y las veces provenían de mí misma, de aquellas imágenes borrosas que reaparecían, de repente, como láminas recién iluminadas. Mis juegos infantiles en Brumal; las cancioncillas de las niñas para las que yo no era Adriana sino Anairda; trazos invertidos en el espejo; una olvidada habilidad para juguetear con el sonido de unas palabras de las que ignorábamos aún su posibilidad de escritura. Nuestro lenguaje secreto; un lenguaje al que, con toda probabilidad, habían jugado, cuando niños, nuestros padres y abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos.
Me sentía embriagado por una tierna emoción. Alcancé un libro de las estanterías y los abrí sobre mis rodillas. El corazón me palpitaba con fuerza. El altillo se había convertido en un arcón de recuerdos, el desván en el que se amontonan objetos entrañables y obsoletos, el álbum de fotos amarillentas decidido a enfrentarme a un pasado deseado y desconocido. Pero en el libro no hallé sones infantiles, ni canciones de rueda, ni me bastó, para captar el sentido, invertir el orden de los párrafos o leer, como en nuestros juegos, de derecha a izquierda. Aquellas palabras no pertenecían a ningún idioma conocido. Y, sin embargo, resultaban sonoras, poderosas… No me atreví a pronunciarlas en voz alta.
Había sido hermoso, muy hermoso… Pero ahora debía marcharme. Desandar el camino hasta la carretera, aguardar el coche de línea, dejarme conducir dócilmente hasta la playa y esperar un tren. A cientos de kilómetros estaba mi vida. Aquí tan solo el eco nostálgico de viejos juegos de una pequeña Anairda convertida para siempre en Adriana.
Empecé a descender con lentitud los ondulantes peldaños. Notaba los pies cansados, la cabeza embotada. Durante unos segundos los ojos se me nublaron y tuve que asirme de la barandilla. Después me restregué las manos sudorosas en el mandil negro. Me acordé de tía Rebeca. De todas las tías de mis amigas de la aldea.
Alguien, entonces, golpeó la puerta de la calle, y yo, sintiendo sobre mí una infinidad de años, me agazapé dentro del huevo de la escalera. Desde allí pude escuchar las palabras del sacerdote.
-Todo en orden –dijo-. La nueva ama de llaves ha llegado esta mañana.
Conté dos, tres, cuatro… hasta siete vueltas de llave. Oí un chirrido arrastrado y agudo, y comprendí que alguien estaba asegurando el cerrojo con una cadena de refuerzo.

Cristina FERNÁNDEZ CUBAS (1983): Todos los cuentos: Los altillos de Brumal: “Los altillos de Brumal”. Tusquets Editores. Colección Andanzas; 672. Páginas 133-137.


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