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jueves, 6 de febrero de 2014

Jesús Carrasco: Intemperie

Un viejo cabrero servirá de guía al protagonista de 'Intemperie'
Cuando el chico llegó adonde había estado la hoguera, el viejo ya estaba comiendo. Empapaba trozos de pan ácimo en un recipiente con vino. Sobre una piedra situada al otro lado de las cenizas, había un cuenco de madera de olivo del que se levantaban hebras de vapor. El niño miró al viejo como si le pidiera permiso para entrar en su casa y este señaló con el mentón el cuenco de leche recién ordeñada. El chico se sentó en la piedra y se acercó el tazón a los labios. Parte de la leche corrió por los pliegues cerosos del emplasto. El niño notó cómo, por fin, la tensión de su boca cedía ligeramente y era capaz de acomodar los labios a la forma del recipiente. Durante un rato se limitó a tomar la leche a pequeños sorbos mientras estudiaba la figura del viejo al otro lado. Lo miraba de soslayo para poder retirarse si el hombre le sorprendía, pero el pastor estaba ensimismado en su cena y no le prestaba atención. En un momento, el chico vio sobre la sartén la mitad de la torta de pan que el cabrero había cocinado. Pensó que el viejo la había dejado allí para él, pero no se atrevía a levantarse y cogerla. Hizo además de incorporarse, pero retrocedió de inmediato, presa de la vergüenza o del miedo.
-Cómete la torta.
Jesús CARRASCO (2013): Intemperie. Seix Barral, Biblioteca breve: Barcelona. Páginas50-51.


viernes, 5 de octubre de 2012

Luciérnagas

Fotografía de dos niñas, en Madrid, refugiadas de la Guerra Civil. Archivo de la Creu Roja Internacional de Ginebra EFE/FOTOTECA. Se desconoce la identidad de las niñas y del fotógrafo
- Sol... ¿Tienes mucha hambre?
Un hombre rebuscaba entre la basura, amontonada al final de las calles, en los solares, despidiendo un olor acre y nauseabundo. Una mujer de melena mitad negra mitad amarilla, tal vez joven, que tal vez fue hermosa y coqueta, cruzaba la calle cansadamente arrastrando de la mano a un niño de grandes orejas. Hambre. Hambre, en todas partes donde mirase.
Sol apoyó la cabeza en el hombro de su hermano, y sintió una lágrima inesperada resbalándole hacia la sien. Eduardo la miró de frente y la abrazó con fuerza. Era la primera vez que lo sentía humano, próximo.
-Anda, no llores. Ven conmigo. Te llevaré a un sitio donde podré darte algo de comer.
La llevó ciudad arriba, hacia el Tibidabo. A medida que se acercaban a la montaña, la ciudad, tras ellos, parecía huir rosadamente, dulcemente, como si no existiese la guerra. Tal vez fue aquella la primera vez que Eduardo la trató como hermano. Durante el camino le iba hablando de un modo desconocido, confidencial. En la calle, fuera del piso y de su clima invadido, se sentían más cerca uno del otro, las palabras brotaban con menos esfuerzo.
-En este tiempo he aprendido muchas cosas, Sol -dijo él-. Te aseguro que ahora entiendo la vida.
- ¡Adónde vamos?
- A una barraca.
- ¿Y por qué?
- Ya verás. Es una especie de refugio. Mío y de mis amigos.
Le explicó, entonces, que tenían una guarida, con provisiones, en una barraca de la ladera de la montaña. En ella, además de ser el punto de reunión, vivía un muchacho, llamado Chano. En improvisadas cuevas, en el Tibidabo vivían gentes que huían de los bombardeos, anidadas como animales, resguardándose con jirones de estera y cañas secas.
Cuando llegaron, la noche estaba ya muy próxima, pero una claridad azul bañaba los salientes de la roca, las cañas y las barracas. Alguna que otra hoguera enrojecía levemente el paisaje desnudo y mísero. Del humo tenue de aquellas fogatas, Sol creyó oír brotar una agria sinfonía de quejas, riñas y desolación.
Nunca antes pisó aquellos parajes. La hierba aparecía rapada y seca, y la tierra polvorienta, muy pisoteada. La silueta de las montañas despedía una extraña luminosidad lechosa. Muchos de los árboles fueron talados para hacer leña. Una estrella, solitaria, parpadeaba a lo lejos.
La barraca era pequeña y frágil, construida con ladrillos viejos, latas oxidadas y cañas. Eduardo apartó los maderos que protegían el agujero de la puerta, y entraron. Olía a suciedad, a frío y a hierbas mustias. En una esquina un colchón, mugriento y aplastado, despedía un hedor dulzón.
- Siéntate -dijo Eduardo.
Obedeció, no sin cierta repugnancia. Eduardo encendió un candil de aceite y el interior de la barraca se llenó de una claridad amarilla, espesa. Una columna de humo, delgado y negro, ascendía al techo. Sol apretó los brazos contra el cuerpo. El viento soplaba por entre las cañas y los ladrillos mal ajustados.
Eduardo manipuló entre los sacos y los cajones, que casi llenaban todo el reducido espacio. De pequeñas trampas y lugares muy ocultos, sacó chocolate, pan y una lata de carne en conserva. Abrió la lata y colocó un trozo, rojo y gelatinoso, en un plato de aluminio, como los que usan los soldados. Luego desdobló la navaja y le entregó ambas cosas.
Con el plato en las rodillas, Sol comió ávidamente. La carne estaba fría y tenía un gusto fuerte e insípido a la vez. Sin embargo, todo su ser parecía renovarse. Mientras comía, no se atrevía siquiera a mirar a su hermano, sentado en un cajón, frente a ella.

MATUTE, Ana María (2011): Luciérnagas. Editorial Austral. Destino: Barcelona. Páginas 73-75.
Foto: MINISTERIO DE CULTURA

Ruta literaria de Luciérnagas


miércoles, 4 de enero de 2012

Lo que sucedió a un hombre que tenía mucha hambre, a quien convidaron por cumplido a comer.

Diego Velázquez (1620-1621): Dos hombres en la mesa. Museo Wellington. Londres. 
Hablando otra vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, díjole así:

-Patronio, un hombre ha venido a verme y me ha dicho que estaba dispuesto a hacer por mí una cosa que me conviene, pero me lo ha dicho de una manera que he comprendido que he comprendido que le agradaría que yo no aceptara de él esa ayuda. Por una parte me vendría muy bien que hiciera lo que me promete, pero por otra no me decido a aceptarlo, ya que me lo ofrece como por cumplido. Por vuestro buen entendimiento os ruego me digáis lo que creéis que yo debo hacer.
-Señor conde Lucanor-dijo Patronio-, había un hombre muy respetable que había sido rico y se quedó muy pobre, al cual le daba mucha vergüenza de pedir a nadie de comer, y por esta razón sufría a menudo mucha hambre. Un día en que estaba muy afligido por no hallar nada pasó por la casa de un conocido que estaba comiendo. Cuando el otro lo vio pasar redijo, por cumplido, si quería comer. El pobre, constreñido por la necesidad, empezó a lavarse las manos y a responderle del siguiente modo:
-En verdad, don Fulano, pues tanto insistís y tanto me rogáis que coma con vos, no me parece que sería correcto desatender vuestro ruego y desdeñar lo que con tan buena voluntad ofrecéis.
Dicho esto, se sentó a comer, sació el hambre y quedó consolado; y de allí en adelante le ayudó Dios, dándole los medios para salir de aquella miseria tan grande en que estaba.
Vos, señor conde Lucanor, pues veis que os conviene lo que ese hombre se ofrece a hacer, dadle a entender que lo aceptáis por complacerle, no os fijéis en si lo hace o no por cumplido, y no aguardéis a que insista más; si no, a lo mejor no os vuelve a hablar de ello y os costará más trabajo pedirle que haga lo que el mismo ahora se ofrece a hacer.
El conde tuvo este consejo por bueno, obró según él y le salió muy bien. Viendo don Juan que este cuento era bueno, lo hizo escribir en este libro y compuso unos versos que dicen así:
No te hagas mucho de rogar
en lo que te pueda beneficiar. 

Don Juan Manuel (1282-1384): Cuento XVII de El Conde Lucanor.

Lo que sucedió a un hombre que por pobreza y falta de otra cosa comía altramuces

Enrique (2008): Altramuces
Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:
-Patronio, bien sé que Dios me ha dado mucho más de lo que me merezco y que en todas las demás cosas sólo tengo motivos para estar muy satisfecho, pero a veces me encuentro tan necesitado de dinero que no me importaría dejar esta vida. Os pido que me deis algún consejo para remediar esta aflicción mía.
-Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, para que vos os consoléis cuando os pase esto os convendría saber lo que pasó a dos hombres que fueron muy ricos.
El conde le rogó que lo contara.
-Señor conde -comenzó Patronio-, uno de estos hombres llegó a tal extremo de pobreza que no le quedaba en el mundo nada que comer. Habiéndose esforzado por encontrar algo, no pudo más que encontrar una escudilla de altramuces. Al recordar cuán rico había sido y pensar que ahora estaba hambriento y no tenía más que los altramuces, que son tan amargos y saben tan mal, empezó a llorar, aunque sin dejar de comer los altramuces, por la mucha hambre, y de echar las cáscaras hacia atrás. En medio de esta congoja y este pesar, notó que detrás de él había otra persona y , volviendo la cabeza, vio que un hombre comía las cáscaras de altramuces que él tiraba al suelo. Este era el otro de quien os dije también había sido rico.
Cuando aquello vio el de los altramuces, preguntó al otro por qué comía las cáscaras. Respondiole que, aunque había sido más rico que él, había ahora llegado a tal extremo de pobreza y tenía tanta hambre que se alegraba mucho de encontrar aquellas cáscaras que él arrojaba. Cuando esto oyó el de los altramuces se consoló, viendo que había otro más pobre que él y que tenía menos motivo para serlo. Con este consuelo se esforzó por salir de pobreza, lo consiguió con ayuda de Dios y volvió otra vez a ser rico.
Vos, señor conde Lucanor, debéis saber que, por permisión de Dios, nadie en el mundo lo logra todo. Pero, pues en todas las demás cosas os hace Dios señalada merced y salís con lo que vos queréis, si alguna vez os falta dinero y pasáis estrecheces, no os entristezcáis, sino tened por cierto que otros más ricos y de más elevada condición las estarán pasando y que se tendrían por felices si pudieran dar a sus gentes aunque fuera menos de lo que vos les dais a los vuestros.
Al conde agradó mucho lo que dijo Patronio, se consoló y, esforzándose, logró salir, con ayuda de Dios, de la penuria en que se encontraba. Viendo don Juan que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen:
Por pobreza nunca desmayéis,
pues otros más pobres que vos veréis.


Don Juan Manuel (siglo XIV): CUENTO X de El Conde Lucanor.

sábado, 14 de mayo de 2011


Robert Capa. Madrid 1936-39
"En la primavera de 1938 en Madrid se respiraba de todo menos primavera. Cuando Jimena llegó a casa del tío Leoncio con las patatas y las ristras de chorizo, fue acogida como una reina maga (...)
A la muchacha de pueblo, que sólo unos años antes había recorrido lo más florido de la capital con sus primas, no sabía si le impresionaba más la Gran Vía y la Puerta del Sol bombardeadas o aquel edificio de la Telefónica ahumado, pero que aún resistía(...)
El otro impacto fue el hambre que padecían sus familiares. Las gentes, oscuras, tristes, flacas, estaban hartas de dos años de guerra, y el "no pasarán" que aún ondeaba en las pancartas cada vez era gritado con menos fervor por los ciudadanos de a pie.
La noche que durmió en casa del tío Leoncio, al que conocía poco, lo mismo que a su mujer, la tía Pepa, y a sus dos hijos adolescentes, Jimena se dio cuenta del esfuerzo que tenían que hacer para no devorar los chorizos y las patatas. Era la tía Pepa la que ponía orden entre sus dos chavales, que no reparaban en la prima venida del pueblo. Cuando entraron de la calle la primera tarde, su pituitaria ya detectó que había chorizo en casa. Fueron derechos hacia la fresquera de la cocina (...)
Luis fue a buscarla a la mañana siguiente de llegar. En una jornada y del brazo de su novio, Jimena aprendió lo que era el racionamiento. La capital, asediada, cada vez tenía más problemas de abastecimiento, explicaba Luis. Paraban en las tiendas de ultramarinos y en los mercados a mirar. Un kilo de judías, 2'20 pesetas, el aceite 2'80 el litro y un kilo de café, 18 pesetas. Una docena de huevos, 8 pesetas y un kilo de tocino, 5.
La chica comprendió el afán de sus padres por que llevara la maleta llena de comida a sus tíos, en vez del traje de chaqueta y el vestido"
Fragmentos de Cañil, Ana R: Si a los tres años no he vuelto. Madrid, Espasa, 2011, pp.43-44

domingo, 30 de enero de 2011

Es inútil

Pablo Picasso: Paloma de la paz
 FUERTES, GLORIA: Garra de la guerra.
Inútil que a estas fechas
nos empiece a dar pena de la rosa y el pájaro,
inútil que encendamos velas por los pasillos,
inútil que nos prohiban nada.
no hablar por ejemplo,
comer carne,
beber libros,
bajarnos sin pagar en el tranvía,
querer a varios seres,
fumar yerbas
decir verdades,
amar al enemigo
inútil es que nos prohiban nada.

En los diarios vienen circulares,
papeles hay pegados en la esquina
que prohiben comer pájaros fritos;
¡y no prohiben comer hombres asados,
con dientes de metralla comer hombres desnudos!
¿Por qué prohiben pájaros los mismos que consienten
ejecutar el séptimo y el quinto mandamiento?
Tampoco han prohibido los niños en la guerra
y se los sigue el hombre comiendo en salsa blanca.
La “Protectora de Animales” está haciendo el ridículo.
Tampoco han prohibido comer las inocentes pescadillas,
los tiernos y purísimos corderos,
las melancólicas lubinas,
las perdices,
y qué me dices
de Mariquita Pérez
que la compran abrigos de seiscientas pesetas
habiendo tanta niña sin muñeca ni ropa,
los enfermos trabajan,
los ancianos ejercen,
el opio en tal café puede comprarse
la juventud se vende,
todo esto está oficialmente permitido,
comprended y pensad nada se arregla con tener buenos sentimientos,
hay que tener arranque y ganas de gritar:
– ¡Mientras haya guerras comeré pájaros fritos!

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Vicent Camps recita poética de Gloria Fuertes

viernes, 14 de enero de 2011

Cómo Lázaro se asentó con un clérigo y las cosas que con él pasó.

Adriaen Brouwer (c. 1635): The Bitter Draught. Städelsches Kunstinstitut, Frankfurt
Y en toda la casa no había ninguna cosa de comer, como suele estar en otras: algún tocino colgado al humero, algún queso puesto en alguna tabla o en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran; que me parece a mí que aunque dello no me aprovechara, con la vista dello me consolara. Solamente había una horca de cebollas, y tras la llave en una cámara en lo alto de la casa. Destas tenía yo de ración una para cada cuatro días; y cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba mano al falsopecto y con gran continencia la desataba y me la daba diciendo: "Toma, y vuélvela luego, y no hagáis sino golosinar", como si debajo della estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo, las cuales él tenía tan bien por cuenta, que si por malos de mis pecados me desmandara a más de mi tasa, me costara caro. Finalmente, yo me finaba de hambre. Pues, ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más. Cinco blancas de carne era su ordinario para comer y cenar. Verdad es que partía comigo del caldo, que de la carne, ¡tan blanco el ojo!, sino un poco de pan, y ¡pluguiera a Dios que me demediara! Los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero, y enviábame por una que costaba tres maravedís. Aquélla le cocía y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo:
"Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que el Papa."
"¡Tal te la dé Dios!", decía yo paso entre mí.
A cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta flaqueza que no me podía tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran. Para usar de mis mañas no tenía aparejo, por no tener en qué dalle salto; y aunque algo hubiera, no podia cegalle, como hacía al que Dios perdone, si de aquella calabazada feneció, que todavía, aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido no me sentía; más estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenía. Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía que no era dél registrada: el un ojo tenía en la gente y el otro en mis manos. Bailábanle los ojos en el caxco como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenía por cuenta; y acabado el ofrecer, luego me quitaba la concheta y la ponía sobre el altar. No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con él veví o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le duraba toda la semana, y por ocultar su gran mezquindad decíame:
"Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros."

Para leer el tratado 2 de EL LAZARILLO DE TORMES completo, CLICAD AQUÍ.

Adriaen Brouwer: Escena de taberna. Museo del Hermitage. San Petersburgo

SOBRE LA COCINA Y LA LITERATURA PICARESCA
SOBRE LA COCINA Y LA PINTURA DE LOS SIGLOS DE ORO

viernes, 17 de diciembre de 2010

Nanas de la cebolla

Miguel Hernández, leyendo.
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.

Si queres leer el texto completo, CLICA AQUÍ.

HERNÁNDEZ, Miguel: Cancionero y Romancero de ausencias. En El hombre y su poesía, Madrid, Cátedra, 1998, Ed. Juan Cano Ballesta. (Letras Hispánicas, 2)

Vídeo de Joan Manel Serrat, cantando Las Nanas de la Cebolla.
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domingo, 14 de noviembre de 2010

Una olla podrida pobre y mezquina (El Buscón)

Diego Velázquez (1620): El aguador de Sevilla (Barroco). 
Apsley House, Londres
El refectorio era un aposento como medio celemín. Sentábanse a una mesa hasta cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y dijo:

-¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que sois nuevo. ¿Qué tiene esto de refectorio de Jerónimos para que se críen aquí?

Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón. Sentóse el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra a cada sorbo:

-Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.

Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echóse su escudilla a pechos, diciendo:

-Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.

-¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí mismo. Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:

-¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.

Y tomando el cuchillo por el cuerno, picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:

-Conforta realmente, y son cordiales.

Que era grande adulador de las legumbres. Repartió a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:

-Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.

¡Mire V. Md. qué aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero:

-Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.

-¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado -decía yo-, que tal amenaza has hecho a mis tripas!

Echó la bendición, y dijo:

-Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.

Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho y díjome que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias viejas y fuese.

Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres medrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra, diciendo:

-Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No riñan, que para todos hay.

Volvióse al sol y dejónos solos. Certifico a V. Md. que vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca. Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije. Levantéme con grande dolor de mi alma, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían la razón. Diome gana de descomer, aunque no había comido, digo, de proveerme, y pregunté por las necesarias a un antiguo, y díjome:

-Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como ahora vos, de lo que cené en mi casa la noche antes.


QUEVEDO, Francisco de: El Buscón. Libro I. Capítulo III



martes, 9 de noviembre de 2010

El retrato del hambre de los hidalgos desposeídos (El Buscón)








«-Lo primero ha de saber que en la Corte hay siempre el más necio y el más sabio, más rico y más pobre, y los extremos de todas las cosas; que disimula los malos y esconde los buenos, y que en ella hay unos géneros de gentes como yo, que no se les conoce raíz ni mueble, ni otra cepa de la que descienden los tales. Entre nosotros nos diferenciamos con diferentes nombres; unos nos llamamos caballeros hebenes; otros, hueros, chanflones, chirles, traspillados y caninos. Es nuestra abogada la industria; pagamos las más veces los estómagos de vacío, que es gran trabajo traer la comida en manos ajenas. Somos susto de los banquetes, polilla de los bodegones, cáncer de las ollas y convidados por fuerza. Sustentámonos así del aire, y andamos contentos. Somos gente que comemos un puerro y representamos un capón. Entrará uno a visitarnos en nuestras casas, y hallará nuestros aposentos llenos de huesos de carnero y aves, mondaduras de frutas, la puerta embarazada con plumas y pellejos de gazapos; todo lo cual cogemos de parte de noche por el pueblo para honrarnos con ello de día. Reñimos en entrando el huésped: «¿Es posible que no he de ser yo poderoso para que barra esa moza? Perdone V. Md., que han comido aquí unos amigos, y estos criados...», etc. Quien no nos conoce cree que es así y pasa por convite.
Pues ¿qué diré del modo de comer en casas ajenas? En hablando a uno media vez, sabemos su casa, vámosle a ver, y siempre a la hora de mascar, que se sepa que está en la mesa. Decimos que nos llevan sus amores, porque tal entendimiento, etc. Si nos preguntan si hemos comido, si ellos no han empezado decimos que no; si nos convidan no aguardamos a segundo envite, porque de estas aguardadas nos han sucedido grandes vigilias. Si han empezado, decimos que sí; y aunque parta muy bien el ave, pan o carne el que fuere, para tomar ocasión de engullir un bocado, decimos:
-Ahora deje V. Md., que le quiero servir de maestresala, que solía, Dios le tenga en el cielo (y nombramos un señor muerto, duque o conde), gustar más de verme partir que de comer.
Diciendo esto, tomamos el cuchillo y partimos bocaditos, y al cabo decimos:
-¡Oh, qué bien huele! Cierto que haría agravio a la guisandera en no probarlo. ¡Qué buena mano tiene!
Y diciendo y haciendo, va en pruebas el medio plato: el nabo por ser nabo, el tocino por ser tocino, y todo por lo que es. Cuando esto nos falta, ya tenemos sopa de algún convento aplazada; no la tomamos en público, sino a lo escondido, haciendo creer a los frailes que es más devoción que necesidad.

Quevedo, Francisco de: La Vida del Buscón llamado don Pablos. Libro II, capítulo VI, “En que prosiguen el camino y lo prometido sobre su vida y costumbres”.


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