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| Jorge Toro (2013): Mermelada de fresa casera |
Los altillos de Brumal
La suciedad y el desorden de la casa del cura no tenían nada que envidiar al estado lamentable de la iglesia. Las telarañas se habían adueñado de techos y rincones, los muebles yacían amontonados en el centro de lo que parecía la pieza principal y un olorcillo difícil de definir impregnaba cortinas, visillos y las fundas de los sillones en que acabábamos de acomodarnos. Pensé que necesitaba beber algo. Pero ya el cura, adivinando mis deseos, se me había adelantado. Sirvió dos copitas de aguardiente de fresa. Apuré la mía de un sorbo.
-Así que es usted oriunda de la aldea… Muy interesante. Mucho.
Miró a través de la ventana, y yo seguí la dirección de sus ojos. En la Plaza, una docena de hombres conversaba animadamente.
-… Y ha venido aquí para recuperar su pasado, ¿no es cierto?
Me encogí de hombros. El sacerdote disimulaba preguntas, pero yo lo sabía ensimismado, indiferente a una respuesta por demás innecesaria. ¿A qué podía haber venido si no? ¿A quién, fuera de los hijos de la aldea, se le podía ocurrir visitar Brumal? Me angustió la soledad de aquel hombre joven, obligado a vivir entre ruinas, y eché una mirada discreta a la desastrada habitación.
-Mi ama de llaves falleció hace unos meses –explicó a modo de excusa.
Me serví un segundo aguardiente y sentí un delicioso calorcillo en el estómago. El párroco se apresuró a rellenarme la copa. El antiguo desconcierto se había convertido en euforia. Creí llegado el momento de agradecerle su hospitalidad y empecé a hablar. Hablé durante largo rato: horas quizá. Hablé de mi padre, recordé a tía Rebeca e intenté recuperar los rostros de las amigas del desaparecido colegio. ¿Dónde estarían ahora? ¿En la Plaza tal vez? ¿En esa creciente algarabía que me hacía, a ratos, interrumpir las explicaciones?¿Elaborando mermeladas, confituras, compotas….en esos luminosos altillos de los que surgían hebras de humo azul, violeta, naranja…? Mi cabeza funcionaba a una velocidad de vértigo pero no por ello dejé de apurar las copas que, sin descanso, me seguía sirviendo el sacerdote. El aroma de las fresas se había hecho envolvente.
-Esta es una de las especialidades de Brumal –dijo de pronto.
Su mirada había adquirido un brillo impropio de un sacerdote. No recordaba haberle hablado de mi libro de cocina ni dela tinajilla mohosa que, apenas veinticuatro horas antes, me hiciera tomar la decisión de conocer Brumal. Sentí un pequeño estremecimiento y mi mente se encargó de repetirme que en esas tierras no crecía planta alguna, ni siquiera zarzamora o mala hierba por los caminos. Las risas de la Plaza, cada vez más estridentes, me impulsaron a volverme de nuevo. Ahora los ventanucos de los altillos aparecían en sombras, y algunas mujeres se habían unido al bullicioso grupo de la Plaza. Tenía que irme.
-Es pronto todavía –dijo el párroco. Parecía contento y la forma en que se refrotaba las manos indicaba una excitación creciente que empezaba a incomodarme-. No puede marcharse ahora sin ver antes lo que le interesa. Mermelada de fresa… -y subrayó la última palabra con una sonrisa.
Iba a enfundarme el abrigo, pero ya el hombre me había tendido un astroso y maloliente mandil negro. Al incorporarme, volví a verle como a un joven inofensivo, un pobre cura de pueblo para quien, con toda seguridad, charlar conmigo constituía el único acontecimiento de interés desde hacía algunos años. Ahora sujetaba con ambas manos el mandil y el brillo burlón había desaparecido de sus ojos.
-Póngaselo. Así no se ensuciará el vestido.
Abrió una puerta chirriando, y yo le seguí con precaución por una angosta y oscura escalera de caracol. El aire se había hecho irrespirable y el alcohol empezaba a castigarme con sus efectos. “Ya hemos llegado”, oí. El resplandor de un fósforo iluminó de pronto el interior de un altillo.
Era una estancia espaciosa y, al contrario de todo lo que había contemplado hasta entonces, extremadamente ordenada y limpia. Un infiernillo de alcohol ocupaba una mesa central rodeada de ollas, tarros y marmitas. Las paredes estaban cubiertas de anaqueles. En algunos había libros. En la mayoría, pomos minúsculos, vasijas de barro, tinajillas mohosas sin inscripciones ni leyendas. El sacerdote encendió un quinqué y una luz poderosa como la del día hizo visible hasta el último rincón del altillo. En una esquina vi un incensario y una casulla bordada en oro.
-No está tan ordenado como cabría desear –dijo el cura-. Pero no quiero entretenerla… Husmee. Husmeé gusto.
¿Qué rara emoción me hizo desoír las llamadas del instinto? Sin darme cuenta me encontré entregada a una actividad frenética. Destapé algunas tinajas, las olí, volqué parte de su contenido en una marmita de cobre. Intenté leer algunas inscripciones que, sin orden ni concierto, aparecían sobre algunos de los tarros. Abrí un cuaderno que yacía junto al infiernillo. La letra era temblorosa y el trazo del lápiz se confundía a ratos con las arrugas del macilento papel. “Me llevaría tiempo”, pensé, “mucho tiempo”.
El sacerdote me había dejado a solas en la habitación. Me alegré. Observé el montón de objetos que en pocos minutos había reunido sobre la mesa. No sabía por dónde empezar. Me ajusté el mandil y por un momento me pareció oír un lamento, una súplica, aquellos suspiros que acompañaron toda mi infancia... La miseria, recordé, la miseria de la que siempre hablaba Madre. Pero el pomo que sostenía en la mano pedía a gritos ser abierto y el infiernillo que acababa de encender me prometía apasionantes e inesperadas aventuras. “Brumal”, dije en alta voz. “Brumal...” Y un eco burlón me devolvió el sonido de mis palabras.
