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martes, 1 de noviembre de 2011

El arroz caldoso de la tía Nieves


                                                                  Arroz Caldoso

El arroz caldoso de la tía Nieves

Todo en crudo. Para hacerlo, preciso
Una alcachofa o dos, cardos, tocino,
Un pollo tomatero y campesino
Y un nabo, aceite y arroz para este guiso.

Ya en la olla, comienza el compromiso
Del fuego que ternea cantarino.
Le vierto un machacado de comino
Y de sal lo compruebo y lo reviso.

Cuando todo está a punto, el arroz echo:
Tacita de café por comensal.
Achico el fuego y dejo este caudal

Veinte minutos en bullente lecho.
Y aunque os parezca fatuo y pretencioso,
Es gloria pura este arroz caldoso.

Pedro J. Martínez, Poeta en la cocina.

jueves, 16 de diciembre de 2010

La mano de Fátima

 Secuencia de fotos
Reinante El Pintor de Fuego (2008). Granada 

Ese día la comida estaba preparada y sus cuatro hermanastros esperaban su llegada. Hasta el menor de ellos, Musa, de cuatro años, mostraba un semblante adusto ante su presencia.

-En el nombre de Dios, clemente y misericordioso –rezó Hernando antes de sentarse en el suelo.
El pequeño Musa y su hermano Aquil, tres años mayor, le imitaron y los tres empezaron a coger con los dedos, directamente de la cazuela, los pedazos de la comida que había preparado su madre; cordero con cardos cocinados con aceite, menta y cilantro, azafrán y vinagre.
Hernando desvió la mirada hacia su madre, que los observaba recostada contra una de las paredes de la pequeña y limpia estancia que utilizaban como cocina, comedor y dormitorio provisional de sus hermanastros. Raissa y Zahara, sus dos hermanastras, se hallaban en pie junto a ella, a la espera de que los hombres terminasen de comer para poder hacerlo ellas a su vez. Él masticó un trozo de cordero y sonrió a su madre.
Tras el cordero con cardos, Zahara, su hermanastra de once años, trajo una bandeja de uvas pasas, pero Hernando ni siquiera tuvo tiempo de llevarse un par a la boca; un repiqueteo apagado, lejano, le obligó a erguir la cabeza. Sus hermanastros percibieron el gesto y dejaron de comer, atentos a su actitud; ninguno de los dos tenía la capacidad de prever con tanta anticipación la llegada de las mulas.
-¡La Vieja! –gritó el pequeño Musa cuando el sonido de la mula se hizo perceptible para todos.
Hernando apretó los labios antes de volverse hacia su madre. Eran los cascos de la Vieja, parecía confirmar ésta con su mirada. Luego trató de sonreír, pero el gesto se quedó en una mueca triste, similar a la que esbozaba Aisha: Brahim volvía a casa.
-Alabado sea Dios –rezó para poner fin a la comida y levantarse con fastidio. 

FALCONES, Ildefonso: La mano de Fátima, Barcelona, Grijalbo, 2009,  pp. 24-25.



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