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viernes, 6 de enero de 2012

Alcolea del Campo

Antonio López Torres (1984): La cueva de la bodega

Al final de septiembre, unos días antes de la vendimia, la patrona le dijo a Andrés:
—¿Usted no ha visto nuestra bodega? —No.
—Pues vamos ahora a arreglarla.
El mozo y la criada estaban sacando leña y sarmientos, metidos durante todo el invierno en el lagar; y dos  albañiles iban picando las paredes. Dorotea y su hija le enseñaron a Hurtado el lagar a la antigua, con su viga para prensar, las chanclas de madera y de esparto que se ponen los pisadores en los pies y los vendos para sujetárselas.
Le mostraron las piletas donde va cayendo  el mosto y lo recogen en cubos, y la moderna bodega capaz para dos cosechas con barricas y conos de madera.
—Ahora, si no tiene usted miedo, bajaremos a la cueva antigua —dijo Dorotea.
—Miedo, ¿de qué? —¡Ah! Es una cueva donde hay duendes, según dicen.
—Entonces hay que ir a saludarlos.
El mozo encendió un candil y abrió una puerta que daba al corral. Dorotea, la niña y Andrés le siguieron. Bajaron a la cueva  por una escalera desmoronada. El techo rezumaba humedad. Al final de la escalera se abría una bóveda que daba paso a una verdadera catacumba húmeda, fría, larguísima, tortuosa.
En el primer trozo de esta cueva había una serie de tinajones empotrados a medias en la pared; en el segundo, de techo más bajo, se veían las tinajas de Colmenar, altas, enormes, en fila, y a su lado las hechas en el Toboso, pequeñas, llenas de mugre, que parecían viejas gordas y grotescas.
La luz del candil, al iluminar aquel antro, parecía agrandar y achicar
alternativamente el vientre abultado de las vasijas.
Se explicaba que la fantasía de la gente hubiese transformado en duendes aquellas ánforas vinarias, de las cuales, las ventrudas y abultadas tinajas toboseñas, parecían enanos; y las altas y airosas fabricadas en Colmenar tenían aire de gigantes. Todavía en el fondo se abría un anchurón con doce grandes tinajones. Este hueco se llamaba la Sala de los Apóstoles.
El mozo aseguró que en aquella cueva se habían encontrado huesos humanos, y mostró en la pared la huella de una mano que él suponía era de sangre.
—Si a don Andrés le gustara el vino —dijo Dorotea—, le daríamos un vaso de este añejo que tenemos en la solera.
—No, no; guárdelo usted para las grandes fiestas.
Días después comenzó la vendimia. Andrés se acercó al lagar, y el ver aquellos hombres sudando y agitándose en el rincón bajo de techo, le produjo una impresión desagradable. No creía que esta labor fuera tan penosa.
Andrés recordó a Iturrioz, cuando decía que sólo lo artificial es bueno, y pensó que tenía razón. Las decantadas labores rurales, motivo de inspiración para los poetas, le parecían estúpidas y bestiales. ¡Cuánto más hermosa, aunque estuviera fuera de toda idea de belleza tradicional, la función de un motor eléctrico, que no este trabajo muscular, rudo, bárbaro y mal aprovechado!

BAROJA, Pío (1911): El árbol de la ciencia. Edición de Pío Baroja. Caro Raggio/Cátedra, páginas 208-210).
PDF TEXTO COMPLETO DE EL ÁRBOL DE LA CIENCIA.

Primeras dificultades

Antonio López Torres (1984): Panorámica urbana de Tomelloso
En la fonda, al principio se encontraba bien; pero se cansó pronto de estar allí. Las conversaciones de los viajantes le iban fastidiando; la  comida, siempre de carne y sazonada con especias picantes, le producía digestiones pesadas.
—¿Pero no hay legumbres aquí? —le preguntó al mozo un día.
—Sí.
—Pues yo quisiera comer legumbres: judías, lentejas.
El mozo se quedó estupefacto, y a los pocos días le dijo que no podía ser; había que hacer una comida especial; los demás huéspedes no querían comer legumbres; el amo de la fonda suponía que era una verdadera deshonra para su establecimiento poner un plato de habichuelas o de lentejas.
El pescado no se podía llevar en el rigor del verano, porque no venía en buenas condiciones. El único pescado fresco eran las ranas, cosa un poco cómica como alimento. 

BAROJA, Pío (1911): El árbol de la ciencia. Edición de Pío Baroja. Caro Raggio/Cátedra, páginas 193-195).
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