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lunes, 14 de julio de 2014

Roberto Bolaño: La parte de Fate, en 2666

Juan Miguel Avalos: Hecho en casa costillas de cerdo BBQ sin hueso
COMIDA. Como ustedes saben, dijo Seaman, yo resucité gracias a las chuletas de cerdo. Primero fui un Pantera Negra y me enfrenté a la policía de California y luego viajé por todo el mundo y luego viví varios años con los gastos pagados por el gobierno de los Estados Unidos de América. Cuando me soltaron yo no era nadie. [...] Entonces, un día cualquiera, recordé que había algo que no había olvidado. No me había olvidado de cocinar. No me había olvidado de mis chuletas de cerdo. Con la ayuda de mi hermana, que era una santa y a la que le encantaba hablar de estas cosas, fui anotando todas las recetas que recordaba, las de mi madre, las que había hecho en la cárcel, las que los sábados hacía en casa, en la azotea de casa, para mi hermana, aunque ella, he de decirlo, no era muy aficionada a la carne. Y cuando tuve el libro completo fui a Nueva York a ver a algunos editores y uno de ellos se interesó y el resto vosotros ya lo conocéis. El libro me puso en circulación otra vez.. Aprendí a combinar la gastronomía con la memoria. Aprendí a combinar la gastronomía con la historia. Aprendí a combinar la gastronomía con mi agradecimiento y mi perplejidad por la bondad de tanta gente, empezando por mi difunta hermana y siguiendo por tantas personas. Y aquí permítanme que haga una precisión. Cuando digo perplejidad, quiero decir, también, maravilla. Es decir, una cosa extraordinaria que causa admiración. Como la flor de la maravilla, o como las azaleas, o como las siemprevivas. Pero también me di cuenta de que esto no bastaba. No podía vivir siempre con mis famosas y riquísimas recetas de costillas. No dan para tanto las costillas. Hay que cambiar. Hay que revolverse y cambiar. Hay que saber buscar aunque uno no sepa qué es lo que busca. Así que ya pueden ir sacando, los que estén interesados, lápiz y papel, pues les voy a dictar otra receta. Es la del pato a la naranja.


No es recomendable para comer cada día, porque no es barato y además su elaboración no debe ser inferior a una hora y media, pero una vez cada dos meses o cuando se celebra un cumpleaños, no está mal. Estos son los ingredientes para cuatro personas. Un pato de un kilo y medio, veinticinco gramos de mantequilla, cuatro dientes de ajo, dos vasos de caldo, un ramillete de hierbas, una cucharada de tomate concentrado, cuatro naranjas, cincuenta gramos de azúcar, tres cucharadas de brandy, tres cucharadas de vinagre, tres cucharadas de jerez, pimienta negra, aceite y sal. Luego Seaman explicó las diferentes fases de la preparación y cuando hubo terminado de explicarlas solo dijo que aquel pato era una excelente comida.

Roberto BOLAÑO (2004): La parte de Fate, en 2666. Editorial Anagrama, colección Compactos: Barcelona. Páginas 317-320.

domingo, 23 de marzo de 2014

Rafael Chirbes: En la orilla

Frutos secos. Mercado Central de Valencia
Disfruta con las verduras: el platito con una patatita, unas acelgas, una alcachofa, son muy buenas las verduras, alimentos benéficos, la alcachofa es diurética, las acelgas cardiosaludables; por suerte, el mercado de Olba, aunque es pequeño, está muy bien abastecido, y los productos de las huertas cercanas que ofrecen en las verdulerías del mercado se completan con las importaciones, con los envasados que ofrecen las grandes superficies instaladas en la comarca: anteayer miré el envoltorio de la mezcla de frutos secos -Cóctel Exótico, decía la etiqueta- que estuve royendo mientras veía la tele a tu lado, y resulta que los cacahuetes eran de China, el maíz de Perú, las pasas procedían de Argentina y solo las almendras se suponía que eran españolas: un verdadero ciudadano del mundo, cosmopolita, el envasador de chucherías, que, según indicaban unas letritas minúsculas que, a pesar de calarme las gafas me costó descifrar, es una empresa de aquí cerca, de Alcàsser o de Picassent, un pueblo de la huerta, ahora no recuerdo cuál. Ex pueblos de huerta o pueblos de la ex huerta, que, en vez de judías, tomates y habas, producen envases de plástico para comercializar frutos cultivados y recolectados a diez o doce kilómetros de distancia.

lunes, 10 de febrero de 2014

Venta de jamones por correo

Joachim Beuckelaer (1565): Christ in the House of Martha and Mary. Musées Royaux des Beaux-Arts, Brussels
Comprendí enseguida que hablaban de un jamón excelente que había en la cocina y del que uno se podía servir a su gusto. Nuestro anfitrión estaba explicando que lo había comprado por correo. En realidad, había comprado el cerdo entero, pero se lo enviaban por partes que describía con una minuciosidad un poco agobiante:
-Entre junio y julio -decía- me envían cuatro piezas de chorizo, cuatro de salchichón, un lomito, una panceta, una morcilla grande y una sobrasada. En octubre, dos chorizos culares curados en tripa natural, dos salchichones culares curados en tripa natural también, y un primer lomo. En diciembre, un segundo lomo, otro chorizo cular curado en tripa natural, un segundo lomito y un morcón extra en ciego natural...
Le pregunté qué significaba "en ciego natural", porque la expresión me dio miedo.
-El ciego -dijo satisfecho de mostrar su erudición porcina- es la parte del intestino grueso que termina en un fondo de saco.
-Un cul de sac -tradujo alguien instintivamente.
-Eso -aprobó el editor, que continuó con la retahíla anterior-: En marzo, una paletilla; en septiembre, la otra. Los dos jamones te los envían en diciembre, por las Navidades.
-Yo -dijo un individuo que había a mi lado- compré hace un par de años las obras completas de Tolstoi del mismo modo. Es decir, compré a Tolstoi entero, pero me lo fueron enviando por piezas a lo largo de los doce meses siguientes. Pero donde ponía Tolstoi era Tolstoi, no era Dostoievski ni Zola ni Balzac. ¿Cómo sabes tú que la paletilla y los jamones y el morcón extra en ciego natural pertenecen al cerdo que has comprado y no a distintos animales?
-Te tienes que fiar -dijo el editor con expresión de franqueza-, porque tú no le ves la cara al cerdo. Ya digo que se hace todo por correo.
-Seguramente será un cerdo simbólico -añadió otro de los participantes-, no es un cerdo concreto, con nombre y apellidos. Lo que estás comprando son dos paletillas, dos jamones, equis chorizos, salchichones y lomos, etcétera. Te lo venden como si pertenecieran al mismo cerdo para que te hagas la ilusión de poseer ganado.
Juan José Millás (2007): El Mundo. Editorial Planeta: Barcelona. Páginas 98-100.

jueves, 6 de febrero de 2014

Jesús Carrasco: Intemperie

Un viejo cabrero servirá de guía al protagonista de 'Intemperie'
Cuando el chico llegó adonde había estado la hoguera, el viejo ya estaba comiendo. Empapaba trozos de pan ácimo en un recipiente con vino. Sobre una piedra situada al otro lado de las cenizas, había un cuenco de madera de olivo del que se levantaban hebras de vapor. El niño miró al viejo como si le pidiera permiso para entrar en su casa y este señaló con el mentón el cuenco de leche recién ordeñada. El chico se sentó en la piedra y se acercó el tazón a los labios. Parte de la leche corrió por los pliegues cerosos del emplasto. El niño notó cómo, por fin, la tensión de su boca cedía ligeramente y era capaz de acomodar los labios a la forma del recipiente. Durante un rato se limitó a tomar la leche a pequeños sorbos mientras estudiaba la figura del viejo al otro lado. Lo miraba de soslayo para poder retirarse si el hombre le sorprendía, pero el pastor estaba ensimismado en su cena y no le prestaba atención. En un momento, el chico vio sobre la sartén la mitad de la torta de pan que el cabrero había cocinado. Pensó que el viejo la había dejado allí para él, pero no se atrevía a levantarse y cogerla. Hizo además de incorporarse, pero retrocedió de inmediato, presa de la vergüenza o del miedo.
-Cómete la torta.
Jesús CARRASCO (2013): Intemperie. Seix Barral, Biblioteca breve: Barcelona. Páginas50-51.


sábado, 3 de agosto de 2013

Su isla del tesoro (Antonio Muñoz Molina: El viento de la Luna)

Miguel Ángel (2007): ¿Agricultor o jardinero?
Con la ayuda de una navaja mi padre corta en pedazos pequeños una loncha de tocino sobre un gran trozo de pan. Desayuna de pie, ensimismado y tranquilo, examinando con deleite de propietario la parte de la huerta que sus ojos abarcan desde aquí, el paisaje familiar que la rodea, las huertas de los vecinos, el ancho camino de tierra que sube hacia la ciudad, la casilla blanca y los cobertizos, las terrazas llanas, cruzadas por canteros rectos y acequias, donde verdean las hojas de las hortalizas, las líneas de higueras, granados y frutales que dan sombra a las veredas y que separan entre sí las zonas de cultivo. Esta es su isla del tesoro y su isla misteriosa, y en ella se siente como Robinson Crusoe cuando ya había colonizado la suya, y si tuviera que abandonarla se pasaría el resto de su vida añorándola. Su padre y su abuelo labraron esta misma tierra, pero nunca llegaron a poseerla, trabajando siempre como aparceros de otros que les esquilmaban la mitad de los frutos de su esfuerzo y los trataban como a siervos. Él ha podido comprarla, ahorrando desde que era muy joven, renunciando a tener una casa propia, llenándose de deudas cuyos plazos rondan siempre sobre él y algunas noches le quitan el sueño. Son cuatro cuerdas, apenas dos hectáreas según las medidas oficiales que constan en el registro, pero la huerta está bien orientada, el agua que fluye del venero en la alberca es sana y abundante y la tierra es muy fértil. Cada día al atardecer el mulo y la burra suben al mercado cargados con sacos y grandes cestas de mimbre rebosantes de hortalizas y frutas, sobre todo ahora, en los meses de verano, cuando la tierra no se cansa nunca de producir suculentas maravillas, que a la mañana siguiente se apilan en un orden magnífico sobre el mármol del mostrador de mi padre, en un esplendor planetario de tomates rojos y macizos, rotundas berenjenas moradas, sandías como bolas del mundo, ciruelas de luminosidad translúcida, melocotones con una pelusa de mejillas fragantes, cerezas de un rojo dramático de sangre, higos perfumados, pimientos rojos y verdes y guindillas de un amarillo muy intenso, patatas grandes y de formas rocosas como meteoritos, rábanos que salen de la tierra con una maraña de finas raíces embarradas y al lavarse bajo el chorro frío de la alberca revelan una rosa casi púrpura, cebollas con cabelleras de medusa. Según vaya terminando el verano llegarán las uvas y las granadas, que al partirse revelan en su interior una lumbre de granos jugosos tan roja como los fuegos centrales de la Tierra, que son de hierro y de níquel fundidos, hirviendo a seis mil grados de temperatura.

Antonio MUÑOZ MOLINA (2006): El viento de la Luna. Seix Barral Biblioteca Breve. Barcelona. Páginas 186-187).
El cuaderno de la Huerta de los Frailes: Las huertas históricas de Úbeda en peligro

viernes, 5 de abril de 2013

Tarta hecha de aire cuajado ("El moscardón", Parientes pobres del diablo, de Cristina Fernández Cubas.

Jesús Cerezo (2012): Tarta de cuatro quesos y nueves. FLICKR
Receta de Susana Pérez en Webosfritos.

El moscardón

Da de comer al canario con auténtica dedicación. Pshiu, pshiu, pío, pío, tshi, tshi. De joven, que se recuerde, no era precisamente una entusiasta de los animales. Pero nadie debe sorprenderse: el tiempo pasa. Y con los años las personas cambian, adquieren nuevos gustos o descuidan antiguas aficiones. Un día recibe a sus invitados con una apetitosa tarta de queso. Son las cuatro de la tarde, ninguno de los sobrinos tiene hambre, pero, atentos, alaban la presentación, recuerdan su buena mano para masas y pudings, y, aunque protestan –las raciones que están sirviendo son mastodónticas-, se disponen a agradecerle el detalle. “Es de queso”, dice la anciana sonriendo. Los sobrinos, durante unos segundos, se han quedado con el tenedor en la mano sin saber adónde mirar ni qué decir. La tarta no es dulce; tampoco salada. La tarta no sabe absolutamente a nada. “Se ha olvidado del queso”, murmuran consternados en cuanto se cercioran de que la tía no puede oírles. “¿Entonces?” Aire. La tarta está hecha de aire cuajado. Es un homenaje al vacío. A la nada. Da lo mismo comerla que dejarla. No es buena ni mala. En realidad no es. “¿Cómo la has hecho, tía?” La pregunta es sincera. Como pastel resulta desconcertante; como creación un milagro. “Con queso, ya lo he dicho.” Y parece que le gusta, que no nota nada raro, porque, por una vez –“y sin que siente precedente”, dice orgullosa-, repite.
La merienda de la nada, a las cuatro de la tarde, no será durante un tiempo más que una anécdota, la ilustración de cómo con la edad se pierden ciertas facultades (y se adquieren otras), el recuerdo risueño de unos instantes de estupor compartido. Pero bien puede ocurrir que un día cualquiera, semanas después o quizá meses, la visita de los sobrinos no concluya de forma tan festiva. Y una vez hayan tomado el ascensor, alcanzada la calle y respirado oxígeno, resuelvan que la tía “no carbura”, que “no rige”, que “a la pobre se le ha ido la olla”. Y todo porque, en medio de iras e improperios ante los debates a los que es adicta, un moscardón se ha colado por la ventana abierta, ha recorrido zumbando la sala para detenerse en el televisor, para rodearlo, para, de nuevo, instalarse en la pantalla.  Y entonces la tía, olvidada de sus tomas de partido, lo ha mirado con cariño, con familiaridad, como si lo conociera de toda la vida e hiciera tiempo que no la visitara.
-¡El Anticristo!

Cristina FERNÁNDEZ CUBAS (2006): Todos los cuentos: Parientes pobres del diablo: “El moscardón”. Tusquets Editores. Colección Andanzas; 672. Página 450.

lunes, 25 de marzo de 2013

La neblina del ayer

Raquel Barcala (2009): Cocina cubana
-¡Coño, Jose, eso huele bien! A ver, cuéntame, cuéntame...
Conde extendió el vaso hacia Carlos y esperó a que su amigo llevara la dosis de ron hasta el borde. Bebió el trago devastador que le estaba reclamando su espíritu alebrestado por los efectos post-orgásmicos y dedicó su atención a Josefina. Alrededorde la mesa, como esperando la lectura de un misterioso testamento destinado a cambiar sus vidas, Tamara, Candito el Rojo, el Conejo, Yoyi, el Palomo y el flaco Carlos imitaron al Conde y guardaron silencio, sin atreverse por unos minutos a lanzarle el anzuelo a alguno de los entrantes distribuidos por aquella mesa, florecida de especies exótica y hasta consideradas por ellos en peligro de extinción, cuando no definitivamente desaparecidas de sus mapas gastronómicos individuales y colectivos: aceitunas rellenas, trocitos de queso manchego, lascas de jamón serrano, ruedas de chorizo gallego, maní y otros granos tostados, foie-gras, rueditas de salpicón, galletas finas y espárragos bañados en mayonesa.
-Bueno, como el libro que me regalaste tiene tantas recetas, lo abríasí, por cualquier parte, y sin complicarme mucho escogí un plato de peso ligero para empezar y un superpesado para cerrar.
-Me parece bien -dijo el Conde y los demás asintieron como personajes entrenados para aquel vodevil de la más absoluta e inverosímil fantasía, por una vez convertida en masticable realidad-. Tampoco hay que exagerar.
-Vamos a empezar con un jigote camagüeyano -anunció Josefina.
-¿Y qué coñoes eso, vieja? -quiso saber el Flaco.
-No seas tolete, Carlos -intervino el Conejo-. Viene del francés gigot, y es un quisado de carne picada rehogada en manteca...
-¿Y cómo sabes tú eso, Conejo? -intervino Candito.
-Culto que soy... Aunque nunca he comido nada parecido...
-Bueno, no jodan más -los calló el Conde-. Sigue, Jose.
-Es un plato típico de Camagüey y la receta es de la señora Olga Núñez de Argüelles...
Conde levantó undedo hacia el Conejo,exigiéndole silencio. El afán del Conejo por saber cualquier historia podía desbordarse y truncar el disfrute gastronómico al cual había convocado a sus amigos, luego de que esa mima mañana le entregara a Josefina un fajo de billetes destinados a crear la cena fabulosa que su imaginación le dictara. Después de tantos años comiendo lo que buenamente aparecía -malamente, en puridad- e imaginando banquetes exquisitos, tendría al fin una merecida venganza en la realidad objetiva, ahora que el Conde se decía rico y podía acceder -siempre en compañía de su vieja tropa, pues no imaginaba otra forma de disfrutar la riqueza- a ciertos placeres cuyas puertas solo se abren con la llave esquiva del dinero o del poder.
-Los ingredientes para cuatro pers son: una gallina bien gorda, tres cebollas, tres ajíes, dos ramitas de perejil, media libra de almendras, una taza de vino seco y pan, Como vamos a ser ocho, todo eso lo multipliqué por dos.

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sábado, 9 de marzo de 2013

Entra en mi vida

Víctor González Amarillo (2012): Pimiento verde
FLICKR
Entramos en un pequeño restaurante que tenía una hornacina verde en la fachada para la carta y tejadillo falso. Me sentía desnuda, sin dinero, sin nada, me parecía que todo el mundo me miraba y le pedí que nos sentáramos en un rincón.
La gente del local lo conocía y me miraron con curiosidad, o a mí me lo parecía. Tenía la sensación de que la humanidad entera, el sol y los planetas nada más tenían ojos para mí porque iba sin calcetines, con los pantalones de muñequitos del pijama, despeinada y con cara de enferma.
Fui al baño mientras Daniel pedía los menús. Me lavé las manos, la cara, traté de peinarme con los dedos y me enjuagué la boca a conciencia para echar cualquier resto de medicamento.
Daniel se había situado de cara al baño, yo de cara a la entrada. En la mesa había un cestillo con apetitosas barritas de pan y aceitunas en un plato. Me sirvió agua. Estaba fría y rica y enseguida trajeron una sopa de verduras humeante.
-Cuando terminemos la sopa, hablamos. Te sentará bien.
La saboreé cucharada a cucharada. En el fondo había sito tan sencillo ser libre...
-Imagino que ha sido Verónica quien te ha metido en este lío.
-Es más que un lío, toda mi vida está patas arriba.
Daniel no podía hacerse una idea de cómo era mi aspecto normalmente. Nunca, nunca me habría imaginado en un restaurante con esta pinta. Parecía una de esas pesadillas en que me veía en el andén del metro desnuda de cintura para abajo.
-¿Le parezco una trastornada?
-No lo sé. ¿Te parece lógico lo que haces?
-Nada es lógico. No es lógico que un día apareciera Verónica diciéndome que mi familia es otra y que he vivido engañada hasta los diecinueve años.
-¿Hasta ese momento nunca habías salido en pijama a la calle?
Sonrió después de decir esto y yo también reí.
-Creo que hasta ahora no me he atrevido a ser una mujer.
Con el segundo plato me sentí mucho mejor. Me tomé todo el pescado, la ensalada y no dejé ni un panecillo vivo. Ya no distinguía si era por hambre o por afán de supervivencia: no sabía lo que iba a ser de mí el resto del día y no debía desperdiciar nada.
-He salido huyendo -dije saboreando un trozo de tarta de frambuesas-. Y no tengo claro si he hido de ellas o de mí misma.
-Estarán buscándote.
-Hoy iban a llevarme fuera de Madrid, al campo, a una residencia de locos, creo. He decidido escaparme antes.
-¿No exageras un poco?
-En eso no. Tenían el equipaje hecho y solo faltaba que llegara el doctor Montalvo.
A la legua se notó que se sorprendía. Tuve que repetirle el nombre del médico.
-El doctor Montalvo es psiquiatra y el al que se le ha ocurrido la idea de encerrarme en una casa de reposo. A mi madre y a mi abuela les parece bien, a la única que no le gusta es a mí.
Estaba pensativo. A veces se subía y se bajaba las gafas y se pasaba la mano por la cara.
-¿Tenéis una amiga que se llama Ana?
Asentí.
-¿Y tiene un perro que se llama Gus?
Asentí.
-¿Qué hacías antes de ser vagabunda?
Volvimos a reírnos discretamente.
-Me encargo del negocio. Una zapatería en la calle Goya, se llama...
Afirmaba con la cabeza como si todo lo que le contara lo hubiese vivido antes.
-También soy profesora de danza -dije preguntándose si alguna vez podría volver al conservatorio. Por lo menos en ese dinero no mandaba Lilí.
Le sorprendí observándome el pelo y las orejas. Bajo la vista a la taza de café. Yo me tomé dos, necesitaba espabilarme completamente.

Clara SÁNCHEZ (2012): Entra en mi vida. Editorial Destino, Colección Áncora y Delfín, volumen 1231: Barcelona. Páginas 376-378.
Página de la autora: Clara Sánchez

martes, 1 de noviembre de 2011

El arroz caldoso de la tía Nieves


                                                                  Arroz Caldoso

El arroz caldoso de la tía Nieves

Todo en crudo. Para hacerlo, preciso
Una alcachofa o dos, cardos, tocino,
Un pollo tomatero y campesino
Y un nabo, aceite y arroz para este guiso.

Ya en la olla, comienza el compromiso
Del fuego que ternea cantarino.
Le vierto un machacado de comino
Y de sal lo compruebo y lo reviso.

Cuando todo está a punto, el arroz echo:
Tacita de café por comensal.
Achico el fuego y dejo este caudal

Veinte minutos en bullente lecho.
Y aunque os parezca fatuo y pretencioso,
Es gloria pura este arroz caldoso.

Pedro J. Martínez, Poeta en la cocina.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Ágapes y festejos en Monbasa

Los ágapes y festejos se sucederían durante una semana. Apoyada entre las pequeñas almenas de la azotea de palacio, Isabel observaba desde la distancia a los diminutos habitantes de las chozas de la playa. Cantaban y bailaban alegres porque gracias a la generosidad de los reyes pudieron celebrar sus esponsales dejando a un lado por unos días la forzosa dieta a base de algas y pescado crudo a la que estaban asiduamente forzados. La boca se les debía de hacer agua al hincar el diente a la sabrosa carne que pudieron cocinar en las brasas de la leña que se les entregó junto al manjar. Las hogueras que prendieron sobre la arena blanca refulgían haciéndose visibles desde muy lejos al contrastar con la oscuridad cercana del dueño de las olas que hasta allí guiaron a la recién llegada reina. El sonoro batir de éstas contras los arrecifes se vio roto por la seductora voz del joven y eufórico recién casado.

ARTEAGA, Almudena de (2005): La esclava de marfil, Madrid, Martínez Roca, p. 151.

lunes, 29 de agosto de 2011

El bodegón (La noche de los tiempos)

Juan Gris (1925): El racimo de uvas
Los pasos lo habían sacado de su ensimismamiento, muy profundo y a la vez despojado de reflexión y casi de recuerdos, ocupado sobre todo por la indolencia y por algo más que no se distinguía mucho de ella, la contemplación atenta de un pequeño lienzo en el que solo había esbozado unas pocas líneas tenues a carboncillo y la de un cuenco de frutas del tiempo traído a mediodía del comedor de la Residencia: un membrillo, una granada, una manzana, un racimo de uvas. Había despejado de papeles y libros una parte de la mesa para que las formas limpias resaltaran. Había estado observando cómo el descenso lento de la luz en la ventana hacía más densos los volúmenes al acentuar las sombras y atenuaba los colores. El rojo de la granada se convertía en un color de cuero muy pulido; el oro polvoriento del membrillo brillaba con más intensidad según crecía la penumbra, no reflejando la luz sino irradiándola; la luz resbalaba sobre la manzana como sobre una bola de madera bruñida y sin embargo adquiría un punto de espesor húmedo al tocar la piel de las uvas. Quizás las uvas eran demasiado sensuales, demasiado táctiles, para el propósito que apenas empezaba a intuir, entornando los ojos. Tendrían que ser unas uvas ascéticas como de Juan Gris o de Sánchez Cotán, talladas en un solo volumen visual, sin la sugerencia un poco pegajosa que acentuaba el sol de la tarde, un sol de Sorolla, demasiado maduro, tamizado por el mismo polvo suave que la superficie abrupta del membrillo dejaba en los dedos, en las ventanas de la nariz.

Antonio Muñoz Molina (2009): La noche de los tiempos, Editorial Booket, Novela, 58-60.
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Sánchez Cotán, Juan (1602): Bodegón con caza, hortalizas y frutas. Museo del Prado

miércoles, 3 de agosto de 2011

La hermana mediana

Fernando Botero (1998): La playa. Museo Botero
Todo empezó en la playa durante un soleado, plácido fin de semana del mes de mayo.
Su madre siempre había sido gorda. En sus retratos de cría, un poco menos que en el de su primera comunión. En éste, algo menos que en las fotos que se hizo con su novio antes de casarse. En la de su boda, a cambio, ligeramente más delgada, y después de cada parto, más y más gorda cada vez. Su padre, sin embargo, había sido un niño flaco, un muchacho atlético, un joven fuerte, pero fibroso. Ahora estaba casi tan gordo como su madre, igual que su hermano mayor, que siempre había sido gordo, como ella, que nació con cuatro kilos y medio para seguir rompiendo, mes a mes, todas las gráficas del pediatra, como sería muy pronto su hermana pequeña, aquella niña tan mona, tan graciosa en las funciones de fin de curso de la guardería, que a los nueve años ya tenía pechos, caderas anchas de mujer achaparrada.
Ellos eran así, siempre habían sido gordos, y eran felices. Se llevaban bien, se querían, se reían, y los fines de semana se iban al apartamento que tenían en la playa para disfrutar del mar y de tres inmensas neveras portátiles. Así empezó todo. La hermana mediana miró a su padre, a su madre, a su hermano mayor. Miró después su propia barriga desparramándose sobre sus inmensos muslos, y se preguntó si toda la vida iba a tener que llevar un bañador negro. Entonces se levantó, anunció que se iba a dar un paseo y caminó dos kilómetros. Cuando llegó a la punta, se metió en el mar. El agua estaba helada, pero nadó hasta que empezó a sentir calor, e inmediatamente después, que se ahogaba. Se detuvo a recuperar el aliento, nadó de nuevo, se paró otra vez, repitió la operación varias veces y volver fue más fácil, porque las olas la ayudaron, la empujaron hasta la orilla.
Para leer el texto completo, CLICA AQUÍ.
Almudena Grandes (2011): La hermana mediana, Suplemento dominical de EL PAÍS, 31/'7/2011.

martes, 2 de agosto de 2011

Nana del niño goloso

Fernando Botero (1993): Madre e hijo
Arrorró, mi niño,
que la noche llega.
Arrorró, mi niño,
con su capa negra.

Si te duermes pronto,
todas las estrellas,
dulces caramelos
de limón y menta.
¡Oh, qué gran merengue
la lunita llena!

Ángela Figuera Aymerich, Mujer de Barro, 1948. 
Edición de Carme Riera: El gran libro de las nanas, Barcelona, 2009, p. 260.

A mi hijo

Fernando Botero (1989): Una familia
A mi hijo

Vienes, hijito, cuando ya la luna
domina todo el cielo de mi vida.
Suplanta el búho
al ruiseñor vivaz y tempranero

Vienes cuando tu padre
no sube ya a los montes
y prefiere, callado,
mirar cómo fue todo, cómo todo
se fue quedando atrás en el camino.

Déjame tu manita de arzobispo,
manteca más que carne, leche viva,
que mañana será mano de obrero
con alma de señor.

Tu manita expresiva,
que agarra el biberón con impaciencia
y, a medida que bebes,
se afloja, se separa,
se mueve alegremente
como rama nutrida en busca de aire.

Déjame ver tus ojos que ya miran
los colores y las formas de las cosas
sin entender el alma;
casi, casi lo mismo que tu padre.

Tus ojitos que ya me reconocen,
que ya ven en los míos algo tuyo;
que ya se ven en mí
como yo en ti me veo, flor tardía.

Y ríeme al llegar, cuando aparezco
en el breve escenario de tus ojos.

Ríeme así, con ancha boca, encías,
paladar, boca intacta,
boca sin dientes, todavía entrañas,
color de corazón oxigenado.

Ríeme, flor tardía.
Y borra así la raspa
de haberte dado cita
en un mundo que ofrece y nunca cumple.

José Moreno Villa (1941): A mi hijo, de Puerta severa.
Edición de Carme Riera: El gran libro de las nanas, Barcelona, 2009.

domingo, 1 de mayo de 2011


"Cuando entraron en la casa, Carmen y Lorenzo se afanaban sobre el fogón ya encencido. Carmen retiraba el cazo con la leche, el agua de achicoria estaba en la mesa, y Lorenzo cortaba sobre la tabla rebanadas de la hogaza de pan. Les ordenó en voz baja que se sentaran en el escaño mientras él sacaba la banqueta de debajo de la gran mesa tocinera.
Desayunaron en silencio, mirando por la ventana que daba a la calle alta la luz que iba entrando tímidamente sobre la encimera y el azulejo blanco, la gran pila moteada y el fogón. Carmen abrió el cajón de la mesa y de una servilleta, de cuadros verdes, saco los dos grandes bocadillos que luego metió en un talego blanco, con cuatro manzanas reineta.
- Madre, no hace falta...
No pudo seguir hablando, mientras su madre levantaba del escaño, y por segunda vez en seis años, al tiempo que empujaba a su regazo el talego, la estrechaba contra sus brazos.
- Recuerda, hija, eres la nieta de la Justa, la hija de la Carmen y Lorenzo, tan clara como las aguas de los arroyos y los ríos de este valle".

CAÑIL, Ana: Si a los tres años no he vuelto. Ed.Espasa, Madrid, 2011, p.41

miércoles, 20 de abril de 2011

Se adivinaban rasgos de las pacientes bulímicas en mí

Juan Gris (1927): Mujer con cesta

Hasta que llegué a la adolescencia, no hubo nada que pudiera presagiar un trastorno alimenticio. Aunque mis preferencias por la comida estaban muy definidas (me gustaban los alimentos dulces y los salados, las carnes, los pescados, pero nunca en grandes cantidades, rechazaba la verdura, el picante, todo lo amargo, parte de las frutas, las salsas y los alimentos nuevos), y comía con parsimonia, estaba sana y mostraba energía y buen humor.
 (...)
No pensaba demasiado en la comida, ni en cómo conseguirla ni en cómo prepararla. A veces ayudaba en la cocina, adornaba pasteles y pasaba las croquetas por pan rallado, descubrí un par de recetas que probamos en casa, las migas a la zaragozana y las bolitas de patata, pero mi madre se encargaba de todo el proceso, desde la compra a la limpieza y utilización de sobras. No era amiga de chucherías y me enorgullecía de mi templanza: mis primos comían pasteles sin medida, mientras yo saboreaba el mío. Devoraban los paquetes de patatas fritas, mientras que yo administraba las mías sin esfuerzo. Una vez me encapriché de un alimento, un bote de leche de almendras que mostraban en una farmacia, y mi madre accedió sin problemas, y lo consumimos sin ansias.
 Jamás padecí un empacho, ni un corte de digestión, ni una alergia alimenticia. Jamás se me premió o castigó mediante la comida, no se me envió a la cama sin cenar, ni me obligaron a cenar las sobras que había dejado a mediodía. Era una niña de constitución normal y cara redonda, que no estaba flaca pero a la que de ninguna manera se podía llamar gorda. A mi alrededor no había razones para engordar: ningún familiar obeso, ninguna posibilidad de comer sola o de malas maneras, una dieta equilibrada, sabrosa y sana, y unos padres comedidos.

Sin embargo, en otros aspectos podían adivinarse rasgos de carácter propios de las pacientes bulímicas: extravertida, sociable y charlatana, ocultaba una melancolía profunda y una hipersensibilidad que en muchas ocasiones me hacía llorar a escondidas”.

FREIRE, Espido (2002): Cuando comer es un infierno. Confesiones de una bulímica, Madrid, Aguilar, p. 30-31.

Estuve enferma, muy enferma

Fernando Botero (1999). Niña comiendo helado
“En aquella época, a principios de los años noventa, si hubiera encontrado a mi alcance el modo de conseguir una tenia, hubiera imitado a la Callas. No me importaba mi familia, ni mi salud, y en los momentos más desesperados, ni siquiera mi vida. Hubiera sacrificado todo, sin dudarlo un momento, por pesar nuevamente cuarenta y ocho kilos. Por cuarenta y cinco, hubiera accedido a un pacto con el diablo. Mi alma a cambio de un método eficaz que me permitiera comer lo que deseara y no engordar, o, mejor aún, adelgazar.
Y lo que deseaba comer era la casita de chocolate de Hansel y Gretel: paredes de mazapán, tan dulces que insensibilizaba la lengua, ventanas de turrón y cristales de azúcar, puertas de caramelo (prefería el tofe, no aquellas pastillas de colores con sabor sintético) y un tejado de chocolate. Decoraría con todo cuidado el interior: almendras y nueces salteadas en los azulejos de láminas de chocolate con menta, una sauna de chocolate caliente, una nevera de helados de nueces de macadamia, y una habitación especial para las delicatessen saladas: paté, pan francés, patatas fritas y galletas de cóctel, panecillos preñados con chorizo y pizzas. Una casa que se regenerara cada mañana, en la que pudiera vivir protegida y feliz, lejos del mundo de sus problemas, comiendo eternamente y eternamente delgada.
Estuve enferma, muy enferma, y no lo supe hasta años después, cuando la enfermedad se había instalado firmemente en mi vida y regía cada uno de mis movimientos” (p. 46-47).
(...)
“Mientras estaba a dieta había comprado un par de revistas de salud y belleza que incluían una lista de calorías y que orientaban sobre cómo crear una ingesta de equilibrada. Dediqué mis esfuerzos a componer dietas hipocalóricas, basadas en verduras y carne a la plancha, sin tener en cuenta mis necesidades vitamínicas o minerales, sino únicamente mi peso y mi estatura. Memoricé listas interminables de alimentos con sus respectivas calorías, y cómo variaban éstas si las frutas estaban verdes o maduras, si la carne se había preparado a la plancha o frita. No hubo un solo libro sobre el tema en la biblioteca o en librerías que yo no leyera y memorizara: los resumía y guardaba los esquemas, y me juraba regir mi vida según sus leyes.
Sobre la mesa no apreciaba la comida, su preparación o contenido, si me haría bien o no. Lo único que veía eran cantidades. “ (p. 51-52).

FREIRE, Espido (2002): Cuando comer es un infierno. Confesiones de una bulímica, Madrid, Aguilar.
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jueves, 27 de enero de 2011

Harina, la que admita.


Webos fritos: Roaquillas de candil
Receta
[...] mientras los últimos habitantes de aquella casa se preparaban para abandonarla, yo decidí ponerme un delantal y hacer rosquillas.
Harina, la que admita, recordé, y abrí los ojos, levanté las manos de la tabla, sacudí los hombros para ponerme en marcha. En la despensa encontré tres paquetes de un kilo, y calculé el resto de los ingredientes sin dificultad, tantas veces había hecho la misma receta. Aparté nueve huevos, un kilo de azúcar y la leche que había sobrado del desayuno, casi un litro. Alguien debía de haber avisado al lechero de que no pasara aquella mañana, pero con eso tenía suficiente. Mantequilla no. El 20 de octubre de 1944, medio kilo de mantequilla era demasiado hasta para la cocina de un delegado provincial de Falange Española, pero la hermana Anunciación usaba manteca de cerdo cuando no había otra cosa, y eso mismo iba a hacer yo.
Cuando empecé a rallar los limones, las manos me temblaban. Me raspé la yema del dedo índice un par de veces y tuve que hacer una pausa para advertirme a mí misma que no podía permitirme el menor accidente, en la mano derecha no, y en aquel dedo menos. Seguí rallando más despacio, y al terminar, comprendí que lo mejor sería amasar por tandas, porque yo no era una repostera tan experta como la hermana Anunciación y quería que aquellas rosquillas me salieran muy buenas, tanto como las mejores que hubiera hecho en mi vida.
Reuní la tercera parte de los ingredientes en una artesa, metí en ella las dos manos hasta las muñecas, y mientras movía la masa con todos los dedos me fui sintiendo mejor, más segura.
La textura aceitosa, suave y blanda, en la que iban disolviéndose los granos de azúcar, los grumos arenosos de la harina, al mezclarse con los huevos, con la leche, la manteca derretida y el licor que decidí incorporar en una dosis que doblaba la habitual, para convencerme a mí misma de que estaba cocinando sólo para hombres, relajó mis músculos y refrescó mi cabeza con ese don ligero y húmedo, fresco y esponjoso, que las masas dulces, y hasta las saladas, sabían contagiar a mis dedos. Desde que desperté bruscamente del sueño donde había sucedido lo mejor de mi vida, la cocina era el único lugar donde aún sentía que tenía una piel, donde la piel aún me daba alegrías.

Almudena Grandes. Inés y la alegría. Barcelona 2010. Tusquets.

lunes, 17 de enero de 2011

El último gazpacho

 Square Kitchen (2010): Gazpacho

Escoge los tomates con cuidado, maduros, pero no blandos, rojos, pero con una corona amarillenta de sol alrededor del rabo, tibios al tacto y de esa piel fina, casi traslúcida, que revela un tejido de ramificaciones delicadísimas, como una misteriosa extensión de nervios imposibles conectando la pulpa anaranjada. Son, naturalmente, tomates de bola, también llamados canarios y, más naturalmente todavía, tomates de Conil. Cada maestrillo tiene su librillo y, pese a su incontrovertible prestigio, a esta cocinera no le gustan los tomates pera, porque tienen el pellejo más grueso, la pulpa más apretada, el color más oscuro… Y porque no le gustan.
Estos son sus favoritos, y por eso, después de medirlos con los ojos y con las yemas de los dedos, diestras en determinar con precisión la consistencia óptima, los va oliendo, uno por uno, antes de echarlos en la bolsa. Porque esos tomates huelen, huelen a tomate, huelen a huerta, y a algo más. El misterioso aroma soleado que los envuelve resulta difícil de describir, como es difícil explicar el enigma de su temperatura, ese terco núcleo de calor que resiste al aire acondicionado de los supermercados y, sobre todo, dificilísimo definir su sabor, tan especial que, aunque su cualidad más preciosa es que sólo saben a tomate, dejan un inefable gusto a fruta en el paladar, una condición esencial, primigenia, que es capaz de contagiarse a su aroma.
Almudena Grandes (2010): El último gazpacho. Escalera interior, El País Semanal, Nº 1722, 12 de septiembre.
Para leer el artículo completo, CLICAD AQUÍ.

sábado, 15 de enero de 2011

Estraperlistas

 
Andrés Ortolá Tomás: Historia del Calpe antiguo
 Había gente apostada en las esquinas. Todos parecían esperar algo.
-Estraperlistas –le hizo notar Patro.
Después de la escena del tren, los que iban a por comida fuera de Barcelona y se deshacían de ella antes de que los interceptaran en la estación, la nueva imagen se le antojó no menos fascinante por asombrosa.
Y también por triste.
-El verano es malo –dijo Patro-. En invierno la gente se mete la comida en los dobladillos del abrigo, en las bufandas… cosas así. Ahora, en cambio, si vas muy abrigado se te nota, aunque la policía hace bastante la vista gorda por la parte que les toca, porque o están sobornados o ellos mismos se benefician del estraperlo. Por aquí verá a muchas embarazadas –pronunció la última palabra con retintín.
-¿No lo están?
-¡Qué va! Debajo de cada barriga hay un saco de arroz o de garbanzos o de lo que sea. Mire.
Una mujer sostenía un pequeño cazo a la altura del pecho mientras un hombre vertía en él una cucharada sopera de aceite. Lo hacía con mimo, procurando que ni una gota del preciado líquido se perdiera.
-La segunda que está más llena, menos colmada –oyeron decir a la mujer.
-Señora, que por dos cucharadas…
-Hoy en día los que mejor viven son los de los pueblos –continuó Patro mientras se alejaban siguiendo el ritmo de su marcha-. Por mucho que les controlen, tienen la manga muy ancha. ¿Qué la gallina pone diez huevos? Pues ocho van al mercado y dos al estraperlo. ¿Qué salen veinte sacos de harina del molino? Pues diecisiete para la venta y tres bien escondidos para venderlos a un precio diez veces superior.
¿Quiere pan de verdad? ¿Auténtico pan, pan? Prepare cincuenta pesetas. ¿Un litro de aceite? Ciento cincuenta pesetas. Y así todo. Lo sé porque yo compro lo que puedo de estraperlo. Me lo gano. ¿Comprende? No quiero volver a pasar hambre. Nunca más. Y cualquiera saber que esto va para algo. Me lo dijo un… conocido.
-Quizás lo que nos acabe uniendo a todos sea eso, el hambre la miseria.

Sierra i Fabra, Jordi (2010): Siete días de julio. Barcelona: Plaza y Janés, pp. 97-98
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