lunes, 29 de agosto de 2011

El bodegón (La noche de los tiempos)

Juan Gris (1925): El racimo de uvas
Los pasos lo habían sacado de su ensimismamiento, muy profundo y a la vez despojado de reflexión y casi de recuerdos, ocupado sobre todo por la indolencia y por algo más que no se distinguía mucho de ella, la contemplación atenta de un pequeño lienzo en el que solo había esbozado unas pocas líneas tenues a carboncillo y la de un cuenco de frutas del tiempo traído a mediodía del comedor de la Residencia: un membrillo, una granada, una manzana, un racimo de uvas. Había despejado de papeles y libros una parte de la mesa para que las formas limpias resaltaran. Había estado observando cómo el descenso lento de la luz en la ventana hacía más densos los volúmenes al acentuar las sombras y atenuaba los colores. El rojo de la granada se convertía en un color de cuero muy pulido; el oro polvoriento del membrillo brillaba con más intensidad según crecía la penumbra, no reflejando la luz sino irradiándola; la luz resbalaba sobre la manzana como sobre una bola de madera bruñida y sin embargo adquiría un punto de espesor húmedo al tocar la piel de las uvas. Quizás las uvas eran demasiado sensuales, demasiado táctiles, para el propósito que apenas empezaba a intuir, entornando los ojos. Tendrían que ser unas uvas ascéticas como de Juan Gris o de Sánchez Cotán, talladas en un solo volumen visual, sin la sugerencia un poco pegajosa que acentuaba el sol de la tarde, un sol de Sorolla, demasiado maduro, tamizado por el mismo polvo suave que la superficie abrupta del membrillo dejaba en los dedos, en las ventanas de la nariz.

Antonio Muñoz Molina (2009): La noche de los tiempos, Editorial Booket, Novela, 58-60.
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Sánchez Cotán, Juan (1602): Bodegón con caza, hortalizas y frutas. Museo del Prado

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