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sábado, 31 de diciembre de 2011

Una estampa navideña

Lucas Contreras (2010): Feliz Navidad
Yo este año no quiero cenar mucho, mamá, ¿eh? Y el turrón, ni probarlo, que estoy a dieta...
Las niñas, que bordeaban la frontera que separa la adolescencia de la edad adulta, fueron las que antes reaccionaron, pese a que carecían de responsabilidad, o quizá precisamente por eso.
-Oye, mamá, ¿me prestas para Nochevieja tu chaqueta de lentejuelas? Este año no vamos a comprar entradas para ninguna fiesta. La hacemos en el garaje de Mateo y nos ahorramos el garrafón, que todavía me acuerdo de la resaca del año pasado...
Respecto a sus padres, él sufrió más, porque se sentía más culpable. Se daba cuenta de que su angustia era fruto de un tradicional prurito masculino, pero eso no aliviaba su sufrimiento. Tampoco el hecho de que siguiera ganando más que su mujer, funcionaria con el sueldo recortado y media paga extra aplazada sin fecha. Él, de momento, percibía su salario íntegro, pero no había visto ni un céntimo de la paga desde que el director general hizo un bello discurso sobre la solidaridad que la empresa requería de sus empleados y la necesidad de que remaran todos a una para mantener el barco a flote. Y eso no había sido lo peor.
-Lo siento, cariño, pero... Este año no hay cesta.

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GRANDES Almudena (2011): "Una estampa navideña", Escalera interior, El País Semanal, 31/12/2011.

domingo, 4 de diciembre de 2011

El cocido de papá

Isabel Castro (2008): Garbanzos con lombarda

Era viernes y estaba solo en casa, meditando sobre cómo era posible hacerlo todo tan rematadamente mal.
Ella había ido a recoger a los niños al colegio y no se los traería de vuelta hasta el domingo a mediodía. Ella, porque hasta cuando hablaba consigo mismo prefería llamarla así, como si fuera una simple conocida, lo había hecho todo muchísimo mejor. Él había estudiado dos carreras, había hecho dos tesis doctorales, había acumulado becas y cum laudes, había escrito muchos artículos, un libro a solas y otro en colaboración, coleccionaba elogios de sus maestros y besos orgullosos de sus ancianas tías, pero a la hora de la verdad había demostrado ser un perfecto panoli. Porque el caso es que, en teoría, habían decidido separarse de mutuo acuerdo. Eso lo recordaba tan bien que podía reproducir sus conversaciones palabra por palabra, aquella discusión amarga y civilizada, las razones, las lágrimas, los últimos besos cómplices. Habían decidido separarse de mutuo acuerdo, pero ella ya tenía un novio y él no se había enterado. Lo sabía su hermana, lo sabían sus amigos, lo sabía hasta su hija pequeña, que tenía seis años. ¿Mamá se ha ido para ser novia de Ernesto?, le preguntó la primera noche que durmió con sus hijos en la misma cama. ¿Ernesto?, él la trató con la condescendencia de un adulto culto, experimentado, racional, que no concede crédito alguno a la imaginación infantil, ¿y quién es Ernesto? Su hija le miró como si no se lo pudiera creer. ¿Pues quién va a ser? El novio de mamá.

Almudena GRANDES: El cocido de papá. El País semanal. 04/12/2011.
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miércoles, 3 de agosto de 2011

La hermana mediana

Fernando Botero (1998): La playa. Museo Botero
Todo empezó en la playa durante un soleado, plácido fin de semana del mes de mayo.
Su madre siempre había sido gorda. En sus retratos de cría, un poco menos que en el de su primera comunión. En éste, algo menos que en las fotos que se hizo con su novio antes de casarse. En la de su boda, a cambio, ligeramente más delgada, y después de cada parto, más y más gorda cada vez. Su padre, sin embargo, había sido un niño flaco, un muchacho atlético, un joven fuerte, pero fibroso. Ahora estaba casi tan gordo como su madre, igual que su hermano mayor, que siempre había sido gordo, como ella, que nació con cuatro kilos y medio para seguir rompiendo, mes a mes, todas las gráficas del pediatra, como sería muy pronto su hermana pequeña, aquella niña tan mona, tan graciosa en las funciones de fin de curso de la guardería, que a los nueve años ya tenía pechos, caderas anchas de mujer achaparrada.
Ellos eran así, siempre habían sido gordos, y eran felices. Se llevaban bien, se querían, se reían, y los fines de semana se iban al apartamento que tenían en la playa para disfrutar del mar y de tres inmensas neveras portátiles. Así empezó todo. La hermana mediana miró a su padre, a su madre, a su hermano mayor. Miró después su propia barriga desparramándose sobre sus inmensos muslos, y se preguntó si toda la vida iba a tener que llevar un bañador negro. Entonces se levantó, anunció que se iba a dar un paseo y caminó dos kilómetros. Cuando llegó a la punta, se metió en el mar. El agua estaba helada, pero nadó hasta que empezó a sentir calor, e inmediatamente después, que se ahogaba. Se detuvo a recuperar el aliento, nadó de nuevo, se paró otra vez, repitió la operación varias veces y volver fue más fácil, porque las olas la ayudaron, la empujaron hasta la orilla.
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Almudena Grandes (2011): La hermana mediana, Suplemento dominical de EL PAÍS, 31/'7/2011.

lunes, 11 de julio de 2011

Santoral

Tomás Yepes (1642): Frutero de Delft y dos floreros. Museo del Prado

Hasta hace poco existía el santoral de frutas y verduras. El calendario del año, más allá de la meteorología, lo marcaban las cosechas y estas iban unidas a una virgen, a un santo, a cualquier festividad religiosa. De niño, cuando en el mes de mayo llevaba flores a María, sabía que al volver a casa habría fresas y cerezas en la mesa. El mes de junio estaba dedicado al Corazón de Jesús; en las estampas veía aquella víscera sagrada de color dorado llameando y esa imagen me llevaba a pensar en los nísperos y albaricoques, que tenían una forma parecida. Las brevas llegaban inexorablemente por San Juan, las ciruelas amarillas y los melocotones rosados por San Pedro, los melones y sandías por Santiago Apóstol, los higos napolitanos por san Roque Peregrino a mitad de agosto, la uva moscatel con las vírgenes de septiembre, las peras limoneras en octubre con La Milagrosa y las naranjas mandarinas por Todos los Santos. La Candelaria traía las primeras habas y alcachofas, los espárragos silvestres germinaban en los barrancos anunciando la resurrección de Cristo el domingo de Pascua, los tomates y pimientos eran inseparables de la canícula, como los nabos se daban en Adviento y las castañas abrían la Navidad. El tiempo podía traer lluvias salvajes y duras sequías, nieves y sirocos infernales, pero todo iba bien para el espíritu si el calendario obedecía imperturbable al santoral de frutas y verduras que marcaba los meses y los días. Hoy se asiste a la locura de las semillas trasgénicas, un fenómeno que también comparten la política, la economía, la religión, el arte, incluso el cuerpo humano. La aldea global no solo atañe a los mercados financieros; también se manifiesta en los puestos de frutas y verduras, donde puedes comprar toda clase de productos en cualquier día del año sin saber quien los ha manipulado. Me pregunto si hay que tener previamente un alma transgénica, cultivada bajo plásticos en un invernadero, para tragar con todo lo que te echan, lo mismo en frutas que en ideas, fuera de tiempo. Si ya no hay un valor seguro al que agarrarse ni un maestro al que seguir, tampoco es tan raro que campe por los mercados la bacteria E.coli con tantas frutas y hortalizas sin un santo al que acogerse, sin una virgen que las pruebe primero.

Manuel Vicent (10/07/2011): Santoral, El País. Texto extraído de EL PAÍS.


Vincenzo Campi (1580). La vendedora de verduras. Academia de Bellas Artes de Brera. Milán

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