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miércoles, 3 de agosto de 2011

La hermana mediana

Fernando Botero (1998): La playa. Museo Botero
Todo empezó en la playa durante un soleado, plácido fin de semana del mes de mayo.
Su madre siempre había sido gorda. En sus retratos de cría, un poco menos que en el de su primera comunión. En éste, algo menos que en las fotos que se hizo con su novio antes de casarse. En la de su boda, a cambio, ligeramente más delgada, y después de cada parto, más y más gorda cada vez. Su padre, sin embargo, había sido un niño flaco, un muchacho atlético, un joven fuerte, pero fibroso. Ahora estaba casi tan gordo como su madre, igual que su hermano mayor, que siempre había sido gordo, como ella, que nació con cuatro kilos y medio para seguir rompiendo, mes a mes, todas las gráficas del pediatra, como sería muy pronto su hermana pequeña, aquella niña tan mona, tan graciosa en las funciones de fin de curso de la guardería, que a los nueve años ya tenía pechos, caderas anchas de mujer achaparrada.
Ellos eran así, siempre habían sido gordos, y eran felices. Se llevaban bien, se querían, se reían, y los fines de semana se iban al apartamento que tenían en la playa para disfrutar del mar y de tres inmensas neveras portátiles. Así empezó todo. La hermana mediana miró a su padre, a su madre, a su hermano mayor. Miró después su propia barriga desparramándose sobre sus inmensos muslos, y se preguntó si toda la vida iba a tener que llevar un bañador negro. Entonces se levantó, anunció que se iba a dar un paseo y caminó dos kilómetros. Cuando llegó a la punta, se metió en el mar. El agua estaba helada, pero nadó hasta que empezó a sentir calor, e inmediatamente después, que se ahogaba. Se detuvo a recuperar el aliento, nadó de nuevo, se paró otra vez, repitió la operación varias veces y volver fue más fácil, porque las olas la ayudaron, la empujaron hasta la orilla.
Para leer el texto completo, CLICA AQUÍ.
Almudena Grandes (2011): La hermana mediana, Suplemento dominical de EL PAÍS, 31/'7/2011.

martes, 2 de agosto de 2011

Nana del niño goloso

Fernando Botero (1993): Madre e hijo
Arrorró, mi niño,
que la noche llega.
Arrorró, mi niño,
con su capa negra.

Si te duermes pronto,
todas las estrellas,
dulces caramelos
de limón y menta.
¡Oh, qué gran merengue
la lunita llena!

Ángela Figuera Aymerich, Mujer de Barro, 1948. 
Edición de Carme Riera: El gran libro de las nanas, Barcelona, 2009, p. 260.

A mi hijo

Fernando Botero (1989): Una familia
A mi hijo

Vienes, hijito, cuando ya la luna
domina todo el cielo de mi vida.
Suplanta el búho
al ruiseñor vivaz y tempranero

Vienes cuando tu padre
no sube ya a los montes
y prefiere, callado,
mirar cómo fue todo, cómo todo
se fue quedando atrás en el camino.

Déjame tu manita de arzobispo,
manteca más que carne, leche viva,
que mañana será mano de obrero
con alma de señor.

Tu manita expresiva,
que agarra el biberón con impaciencia
y, a medida que bebes,
se afloja, se separa,
se mueve alegremente
como rama nutrida en busca de aire.

Déjame ver tus ojos que ya miran
los colores y las formas de las cosas
sin entender el alma;
casi, casi lo mismo que tu padre.

Tus ojitos que ya me reconocen,
que ya ven en los míos algo tuyo;
que ya se ven en mí
como yo en ti me veo, flor tardía.

Y ríeme al llegar, cuando aparezco
en el breve escenario de tus ojos.

Ríeme así, con ancha boca, encías,
paladar, boca intacta,
boca sin dientes, todavía entrañas,
color de corazón oxigenado.

Ríeme, flor tardía.
Y borra así la raspa
de haberte dado cita
en un mundo que ofrece y nunca cumple.

José Moreno Villa (1941): A mi hijo, de Puerta severa.
Edición de Carme Riera: El gran libro de las nanas, Barcelona, 2009.

miércoles, 20 de abril de 2011

Estuve enferma, muy enferma

Fernando Botero (1999). Niña comiendo helado
“En aquella época, a principios de los años noventa, si hubiera encontrado a mi alcance el modo de conseguir una tenia, hubiera imitado a la Callas. No me importaba mi familia, ni mi salud, y en los momentos más desesperados, ni siquiera mi vida. Hubiera sacrificado todo, sin dudarlo un momento, por pesar nuevamente cuarenta y ocho kilos. Por cuarenta y cinco, hubiera accedido a un pacto con el diablo. Mi alma a cambio de un método eficaz que me permitiera comer lo que deseara y no engordar, o, mejor aún, adelgazar.
Y lo que deseaba comer era la casita de chocolate de Hansel y Gretel: paredes de mazapán, tan dulces que insensibilizaba la lengua, ventanas de turrón y cristales de azúcar, puertas de caramelo (prefería el tofe, no aquellas pastillas de colores con sabor sintético) y un tejado de chocolate. Decoraría con todo cuidado el interior: almendras y nueces salteadas en los azulejos de láminas de chocolate con menta, una sauna de chocolate caliente, una nevera de helados de nueces de macadamia, y una habitación especial para las delicatessen saladas: paté, pan francés, patatas fritas y galletas de cóctel, panecillos preñados con chorizo y pizzas. Una casa que se regenerara cada mañana, en la que pudiera vivir protegida y feliz, lejos del mundo de sus problemas, comiendo eternamente y eternamente delgada.
Estuve enferma, muy enferma, y no lo supe hasta años después, cuando la enfermedad se había instalado firmemente en mi vida y regía cada uno de mis movimientos” (p. 46-47).
(...)
“Mientras estaba a dieta había comprado un par de revistas de salud y belleza que incluían una lista de calorías y que orientaban sobre cómo crear una ingesta de equilibrada. Dediqué mis esfuerzos a componer dietas hipocalóricas, basadas en verduras y carne a la plancha, sin tener en cuenta mis necesidades vitamínicas o minerales, sino únicamente mi peso y mi estatura. Memoricé listas interminables de alimentos con sus respectivas calorías, y cómo variaban éstas si las frutas estaban verdes o maduras, si la carne se había preparado a la plancha o frita. No hubo un solo libro sobre el tema en la biblioteca o en librerías que yo no leyera y memorizara: los resumía y guardaba los esquemas, y me juraba regir mi vida según sus leyes.
Sobre la mesa no apreciaba la comida, su preparación o contenido, si me haría bien o no. Lo único que veía eran cantidades. “ (p. 51-52).

FREIRE, Espido (2002): Cuando comer es un infierno. Confesiones de una bulímica, Madrid, Aguilar.
Text sencer del llibre en PDF
Per llegir més exemples de bulímia del llibre
Pàgina oficial de l`autora
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