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sábado, 14 de mayo de 2011


Robert Capa. Madrid 1936-39
"En la primavera de 1938 en Madrid se respiraba de todo menos primavera. Cuando Jimena llegó a casa del tío Leoncio con las patatas y las ristras de chorizo, fue acogida como una reina maga (...)
A la muchacha de pueblo, que sólo unos años antes había recorrido lo más florido de la capital con sus primas, no sabía si le impresionaba más la Gran Vía y la Puerta del Sol bombardeadas o aquel edificio de la Telefónica ahumado, pero que aún resistía(...)
El otro impacto fue el hambre que padecían sus familiares. Las gentes, oscuras, tristes, flacas, estaban hartas de dos años de guerra, y el "no pasarán" que aún ondeaba en las pancartas cada vez era gritado con menos fervor por los ciudadanos de a pie.
La noche que durmió en casa del tío Leoncio, al que conocía poco, lo mismo que a su mujer, la tía Pepa, y a sus dos hijos adolescentes, Jimena se dio cuenta del esfuerzo que tenían que hacer para no devorar los chorizos y las patatas. Era la tía Pepa la que ponía orden entre sus dos chavales, que no reparaban en la prima venida del pueblo. Cuando entraron de la calle la primera tarde, su pituitaria ya detectó que había chorizo en casa. Fueron derechos hacia la fresquera de la cocina (...)
Luis fue a buscarla a la mañana siguiente de llegar. En una jornada y del brazo de su novio, Jimena aprendió lo que era el racionamiento. La capital, asediada, cada vez tenía más problemas de abastecimiento, explicaba Luis. Paraban en las tiendas de ultramarinos y en los mercados a mirar. Un kilo de judías, 2'20 pesetas, el aceite 2'80 el litro y un kilo de café, 18 pesetas. Una docena de huevos, 8 pesetas y un kilo de tocino, 5.
La chica comprendió el afán de sus padres por que llevara la maleta llena de comida a sus tíos, en vez del traje de chaqueta y el vestido"
Fragmentos de Cañil, Ana R: Si a los tres años no he vuelto. Madrid, Espasa, 2011, pp.43-44

domingo, 1 de mayo de 2011


"Cuando entraron en la casa, Carmen y Lorenzo se afanaban sobre el fogón ya encencido. Carmen retiraba el cazo con la leche, el agua de achicoria estaba en la mesa, y Lorenzo cortaba sobre la tabla rebanadas de la hogaza de pan. Les ordenó en voz baja que se sentaran en el escaño mientras él sacaba la banqueta de debajo de la gran mesa tocinera.
Desayunaron en silencio, mirando por la ventana que daba a la calle alta la luz que iba entrando tímidamente sobre la encimera y el azulejo blanco, la gran pila moteada y el fogón. Carmen abrió el cajón de la mesa y de una servilleta, de cuadros verdes, saco los dos grandes bocadillos que luego metió en un talego blanco, con cuatro manzanas reineta.
- Madre, no hace falta...
No pudo seguir hablando, mientras su madre levantaba del escaño, y por segunda vez en seis años, al tiempo que empujaba a su regazo el talego, la estrechaba contra sus brazos.
- Recuerda, hija, eres la nieta de la Justa, la hija de la Carmen y Lorenzo, tan clara como las aguas de los arroyos y los ríos de este valle".

CAÑIL, Ana: Si a los tres años no he vuelto. Ed.Espasa, Madrid, 2011, p.41
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