domingo, 1 de mayo de 2011


"Cuando entraron en la casa, Carmen y Lorenzo se afanaban sobre el fogón ya encencido. Carmen retiraba el cazo con la leche, el agua de achicoria estaba en la mesa, y Lorenzo cortaba sobre la tabla rebanadas de la hogaza de pan. Les ordenó en voz baja que se sentaran en el escaño mientras él sacaba la banqueta de debajo de la gran mesa tocinera.
Desayunaron en silencio, mirando por la ventana que daba a la calle alta la luz que iba entrando tímidamente sobre la encimera y el azulejo blanco, la gran pila moteada y el fogón. Carmen abrió el cajón de la mesa y de una servilleta, de cuadros verdes, saco los dos grandes bocadillos que luego metió en un talego blanco, con cuatro manzanas reineta.
- Madre, no hace falta...
No pudo seguir hablando, mientras su madre levantaba del escaño, y por segunda vez en seis años, al tiempo que empujaba a su regazo el talego, la estrechaba contra sus brazos.
- Recuerda, hija, eres la nieta de la Justa, la hija de la Carmen y Lorenzo, tan clara como las aguas de los arroyos y los ríos de este valle".

CAÑIL, Ana: Si a los tres años no he vuelto. Ed.Espasa, Madrid, 2011, p.41

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