viernes, 29 de marzo de 2013

Un gran trabajo, Violeta

Emilio Rámila (2008): Calderos

Lúnula y Violeta

Me levanto a las cinco y saco agua del pozo. Un cubo para cocinar, otro para nuestro aseo, dos o tres para la limpieza de la casa y un barreño para refrescar la huerta. En esta operación invierto por lo menos dos horas, pero así y todo –a pesar de que me desenvuelvo mejor que en los primeros días- sé que no resulta suficiente. Las hortalizas han cambiado de aspecto desde que Lúnula no puede ocuparse de ellas y, quizá porque el calor aumenta de hora en hora, las reservas del pequeño aljibe han menguado considerablemente. También las provisiones que hace unos días parecían eternas están a punto de agotarse. Extrañamente, el camión del pueblo que solía pasar por aquí de cuando en cuando parece haberse olvidado de nuestra existencia. “Ocurre a veces”, me dijo Lúnula ayer noche mientras cenaba en la mesa de su dormitorio. “Luego, de repente, se acuerdan otra vez y vuelven a pasar.” Pero, mientras, nos hallamos aisladas y algo hay que comer. Por eso esta mañana no he tenido más remedio que matar un gallo. Ha sido un trabajo duro, desagradable en extremo para una persona como yo, totalmente ajena a las tareas de una granja. Lúnula, envuelta en un batín de seda china, se ha encargado de dirigir la operación desde la ventana de su cuarto. “Retuércele el cuello”, decía. “Con decisión. No le demuestres que tienes miedo. Es un momento nada más. Atóntalo, maréalo. No le des respiro.” He intentado inútilmente seguir sus consejos. El gallo estaba asustado, picoteando mis brazos, dejando entre mis dedos  manojos de plumas. He sentido náuseas y, por un momento, he abandonado corriendo el corral. Pero Lúnula seguía gritando. “No lo dejes ahora. ¿No ves que está agonizando? Casi lo habías estrangulado, Violeta. Remátalo con el hacha. Así. Otra vez. No, ahí no. Procura darle en el cuello. No te preocupes de la sangre. Estos gallos son muy aparatosos. Aún no está muerto. ¿No ves cómo su cabeza se convulsiona, cómo se abren y cierran sus ojitos? Eso es. Hasta que no se mueva una sola pluma. Hasta que no sientas el más leve latido. Ahora sí. Murió. Cerciórate. Un gran trabajo, Violeta.” Y yo me he quedado un buen rato aún junto al charco de entrañas y sangre, de plumas teñidas de rojo, como mis manos, mi delantal, mis cabellos. Llorando también lágrimas rojas, sudando rojo, soñando más tarde solo enrojo una vez acostada en mi dormitorio: un cuarto angosto sin ventilación alguna al que solo llegan los suspiros de Lúnula debatiéndose con la fiebre.

Esta mañana me he sentido un poco mareada. Lúnula, en cambio, parece restablecida por completo. Se ha levantado de un humor excelente y ha decidido asumir el trabajo de la casa. Desde el zaguán la he visto accionar la polea del pozo con una facilidad increíble. Los cubos se iban llenando como en un sueño, livianos, etéreos, dotados de vida propia. Luego ha revisado las hortalizas y ha sonreído ante mi inhabilidad: “Violeta, me pregunto a veces qué es lo que sabes hacer aparte de ser hermosa”. Me he quedado sorprendida. Hermosa es una palabra que no había oído hasta ahora en labios de Lúnula. Ni directamente. En cuanto a los objetos era distinto. En este punto –y recuerdo los objetos del desván- Lúnula solía prodigar epítetos con verdadera generosidad. Las naturalezas muertas eran ”soberbias”, la cómoda del cedro “deliciosa”, las muñecas de porcelana” de una gran belleza”… Es posible que ahora tenga fiebre yo y que mi pobre mente, incapaz de ordenar la avalancha de imágenes que se amontonan en mi cerebro, intente escabullirme como pueda deteniéndose en cualquier palabra pronunciada al azar, concentrándose en el zumbido intermitente de una avispa, sintiendo paso a paso el lento deslizarse de una gruesa gota de sudor por mi mejilla. Pienso noche y día, sombra y luz, leño y fuego, y noto cómo mis pensamientos se hacen cada vez más densos, más pesados. A mi lado un viejo maletín de cuero verde, con algunos objetos acomodados ya en el fondo, se empeña en recordarme una antigua decisión. Pero no tengo fuerzas. “Estos días”, digo en alta voz por la simple necesidad de comprobar que aún no he perdido el habla, “estos días de calor y trabajo me han agotado profundamente.”
Ella en cambio parece renacida, pletórica de salud, llena de una vitalidad alarmante. Ahora recorta las hojas de lechuga seca, limpia el jardín de mala hierba, siembra semillas de jacarandá, vuelve a accionar la polea del pozo, riega otra vez, se baña, escoge un conejo del corral y, con mano certera, lo mata en mi presencia de un solo golpe. Casi sin sangre, sonriendo, con una limpieza inaudita lo despedaza, le ha sacado los hígados, lo lava, le ha arrancado el corazón, lo adoba con hierbas aromáticas y vino tinto. Ahora parte los troncos de tres en tres, con golpes recios, sin demostrar fatiga, tranquila como quien resuelve un simple pasatiempo infantil; los dispone sobre unas piedras, enciende un fuego, suspende la piel de unas ramas de higuera. Ahora me dirige una sonrisa compasiva: “Pero Violeta…, qué mal aspecto tienes. Deja que te mire. Tus ojos están desorbitados, tu cara ajada… ¿Qué te pasa, Violeta?”. Pienso también que es la primera vez que habla de ojos, de cara, sin referirse a un animal, a un cuadro. “¡Y qué rara alimentación has debido de preparar en estos días!... Te noto deformada, extraña.” Intenta disimular una mueca de repulsión pero yo la adivino bajo su boca entrecerrada. “Y esas carnes que te cuelgan por el costado.” Ahora me rodea la cintura con sus brazos. “Tienes que cuidarte, Violeta. Te estás abandonando.” Y sigue con su actividad frenética. Cuidarte, pienso, abandonarte. También es la primera vez que en esta casa se habla de cuidados y abandonos.

Cristina FERNÁNDEZ CUBAS: Todos los cuentos: Mi hermana Elba: “Lúnula y Violeta”. Tusquets Editores. Colección Andanzas; 672. Páginas 35-37.

El ojo crítico: Todos los cuentos
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