viernes, 5 de abril de 2013

Tarta hecha de aire cuajado ("El moscardón", Parientes pobres del diablo, de Cristina Fernández Cubas.

Jesús Cerezo (2012): Tarta de cuatro quesos y nueves. FLICKR
Receta de Susana Pérez en Webosfritos.

El moscardón

Da de comer al canario con auténtica dedicación. Pshiu, pshiu, pío, pío, tshi, tshi. De joven, que se recuerde, no era precisamente una entusiasta de los animales. Pero nadie debe sorprenderse: el tiempo pasa. Y con los años las personas cambian, adquieren nuevos gustos o descuidan antiguas aficiones. Un día recibe a sus invitados con una apetitosa tarta de queso. Son las cuatro de la tarde, ninguno de los sobrinos tiene hambre, pero, atentos, alaban la presentación, recuerdan su buena mano para masas y pudings, y, aunque protestan –las raciones que están sirviendo son mastodónticas-, se disponen a agradecerle el detalle. “Es de queso”, dice la anciana sonriendo. Los sobrinos, durante unos segundos, se han quedado con el tenedor en la mano sin saber adónde mirar ni qué decir. La tarta no es dulce; tampoco salada. La tarta no sabe absolutamente a nada. “Se ha olvidado del queso”, murmuran consternados en cuanto se cercioran de que la tía no puede oírles. “¿Entonces?” Aire. La tarta está hecha de aire cuajado. Es un homenaje al vacío. A la nada. Da lo mismo comerla que dejarla. No es buena ni mala. En realidad no es. “¿Cómo la has hecho, tía?” La pregunta es sincera. Como pastel resulta desconcertante; como creación un milagro. “Con queso, ya lo he dicho.” Y parece que le gusta, que no nota nada raro, porque, por una vez –“y sin que siente precedente”, dice orgullosa-, repite.
La merienda de la nada, a las cuatro de la tarde, no será durante un tiempo más que una anécdota, la ilustración de cómo con la edad se pierden ciertas facultades (y se adquieren otras), el recuerdo risueño de unos instantes de estupor compartido. Pero bien puede ocurrir que un día cualquiera, semanas después o quizá meses, la visita de los sobrinos no concluya de forma tan festiva. Y una vez hayan tomado el ascensor, alcanzada la calle y respirado oxígeno, resuelvan que la tía “no carbura”, que “no rige”, que “a la pobre se le ha ido la olla”. Y todo porque, en medio de iras e improperios ante los debates a los que es adicta, un moscardón se ha colado por la ventana abierta, ha recorrido zumbando la sala para detenerse en el televisor, para rodearlo, para, de nuevo, instalarse en la pantalla.  Y entonces la tía, olvidada de sus tomas de partido, lo ha mirado con cariño, con familiaridad, como si lo conociera de toda la vida e hiciera tiempo que no la visitara.
-¡El Anticristo!

Cristina FERNÁNDEZ CUBAS (2006): Todos los cuentos: Parientes pobres del diablo: “El moscardón”. Tusquets Editores. Colección Andanzas; 672. Página 450.

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