miércoles, 3 de abril de 2013

Ritos funerarios ("El lugar", Con Agatha en Estambul, de Cristina Fernández Cubas)

Janendra Caracol (2011): Acercamiento
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El lugar

Con las primeras horas de la mañana, cuando ya en la calle se escuchaba el rumor del tráfico y la casa empezaba a llenarse de amigos y vecinos, me vestí apresuradamente, cogí una cesta y me dirigí al mercado. No estuve allí más que unos minutos. Los suficientes para adquirir algunas frutas, que escogí entre las más apetitosas, y enseguida, sin importarme lo desastrado de mi atuendo, la barba de dos días o los alimentos que asomaban por el capazo, me fui al banco. La puerta estaba cerrada y, aunque se percibía el trasiego de los empleados en el interior, tuve que esperar un buen cuarto de hora a que se diera paso a los clientes. Después, con la cesta aún más abultada, me dirigí a una mercería. El establecimiento estaba repleto, pero tal vez porque era poco lo que pensaba adquirir, porque mi aspecto debía en buena lógica sobresaltar a las dependientas, o quizá, tan solo, porque en los lugares de clientela femenina un hombre suele ser tratado con preferencia, fui atendido de inmediato. Al salir redoblé el paso y dudé un momento frente a otra tienda. Leí: ÓPTICA. RELOJES. APARATOS DE PRECISIÓN. Pero no entré. Alcancé mi portal de una corrida, no tuve paciencia para esperar el ascensor y subí hasta el piso saltando los escalones de dos en dos.
Al entrar me encontré con los amigos que había dejado al partir y a los que yo había llamado la noche anterior, más otros muchos a los que debían de haber llamado los primeros, y dos hombres de gesto sombrío e íntegramente vestidos de negro, que, aun antes de reparar en el ataúd de caoba que aguardaba en el comedor, reconocí de inmediato como empleados de la funeraria. Di mi autorización para que procedieran a su trabajo, pero les rogué que antes de cerrar para siempre la caja me permitieran permanecer un rato a solas con la que fue mi esposa.
Supongo que nadie puede asombrarse ante semejante deseo, ni menos aún atreverse a interrumpir un momento como este, el último adiós, en el que quien permanece con vida suele expresar con palabras su amor, su petición de perdón, sus ansias de reuniré lo más pronto posible con el ser querido. Y lo hace en voz alta. Como si los cuerpos de cera pudieran oír o los labios amoratados pronunciar una respuesta. Así y todo cerré la puerta con llave. Y después, solo frente a Clarisa, la besé en los labios.
Pero eso no fue lo único que hice. Había entrado en la alcoba con el producto de mis gestiones matutinas, con la cesta de la compra en la que nadie había reparado –después de todo, ¿no suelen entregarse ciertos viudos a las extravagancias más inauditas?- y con todo cuidado, escogí algunas frutas, las más pequeñas, quizá las más sabrosas. Un aguacate, una chirimoya, un kiwi. Las coloqué amorosamente entre los pliegues del sudario. Después, con mucha cautela, alcé los pies cubiertos de Clarisa y comprobé que había espacio de sobra para lo que me proponía. Volví a depositarlos en su lugar y busqué en el fondo de la cesta el estuche que momentos antes reposara en la caja de seguridad de un banco y lo abrí. El collar de tía Ricarda emitió un brillo desacostumbrado, poderoso, como si en lugar de regresar de un encierro surgiera de las manos de un pulidor de metales o de un restaurador de joyas. No fue más que una sensación efímera, pero me aferré a ella con toda emoción. Oculté el collar bajo los pies de Clarisa y acomodé de nuevo un minúsculo kiwi que, con el inevitable movimiento, acababa de asomar por entre los pliegues del sudario. El resto resultó muy fácil. Despeiné los cabellos que alguien –una amiga, tal vez una vecina- había recogido en la nuca y camuflé entre los rizos hebras de hilo azul, rojo, dorado, plateado, naranja y siena, muy parecidas a aquellas con las que, según me obsequiaba la memoria, mi madre bordaba aves fabulosas y paisajes imposibles. Por último, muy cerca del pecho escondí una polvera de plata y un reloj. Era un reloj de bolsillo que ignoraba a quién había pertenecido, deteriorado, fuera de uso, pero de tal belleza que, cuando convertimos la vitrina en alacena, había conservado junto a mí en una de las mesitas de la alcoba. “A su propietario”, me dije, “sea quien sea, le gustará recuperarlo.” Pero no me estaba entregando a un ritual antiguo, ni menos aún creía seriamente que los objetos allí depositados cumplieran otro fin que el de un simple acto de amor, un símbolo, una interpretación fiel de las angustias y fantasías de Clarisa. Un “a ella le habría gustado”, justificador de tantos y tantos actos en apariencia absurdos que yo me apresuraba a ejecutar antes de que fuera demasiado tarde, se abriera la puerta, los dos hombres de aspecto lúgubre cerraran para siempre el ataúd y partiéramos todos hacia la iglesia, hacia el cementerio, hacia el panteón, donde, para siempre, iba a reposar mi adorada Clarisa. Sí, antes de que todo eso ocurriera yo había cumplido con mi obligación. Y entonces acaricié el rostro de Clarisa, la besé de nuevo en los labios y le hablé en voz alta:
-¿Lo ves? No tenías que preocuparte.
Pero esta vez mis palabras no me parecieron insensatas ni desprovistas de sentido.
Y enseguida, como en un juego infantil, una travesura de la que solo los dos conociéramos el código, le susurré al oído:
-Serás bien recibida, amor mío.

Cristina FERNÁNDEZ CUBAS (1994): Todos los cuentos: Con Agatha en Estambul: “El lugar”. Tusquets Editores. Colección Andanzas; 672. Páginas 316-318.

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