domingo, 28 de octubre de 2012

Floria, la tabernera

Esteban GARCÍA (1028-72): Beato de Saint-Sever. Mujer sobre la bestia
Sahagún (León). Era 1026. Año vulgar de 988

(...) Que ya empezaba a colmarse la paciencia de Floria, que Floria era mujer brava, cómo si no hubiera podido regentar con éxito una taberna en el camino de Compostela, que sacaba el mal genio cuando era menester, ah, que necesitaba un trago de vino para encararse con el hombre, o lo que fuera, con el del árbol, ah, que no tenía vino ni orujo ni sidra que llevarse al gaznate. Ah, que había de sobreponerse, alzar la cabeza y hablar con el ser sobrenatural que no cesaba de incomodarla con su lluvi de bellotas...
Floria levantó la cabeza y quiso la mala fortuna que una bellota le diera en el ojo, lastimándoselo, pero no se achantó. Preguntó al sujeto que veía sentado en una rama: "¿Quién eres?" Y siguió: "¿Qué has venido a hacer a Sahagún? ¿Qué quieres? Te he visto volar... Oyer, ¿eres Dios? Si me llevas contigo te prepararé -y ponía voz melosa, sacando sus artes de tabernera, como cuando recitaba a los peregrinos lo que tenía para comer-, te regalaré con una opípara comida, te serviré grandes soparios con caldo de ajo, pan, berza, nabos y tropezones de cecina y de tocino; fabada con morcillas; anchas bandejas con truchas de Valderagüey y barbos del Cea; cuencos con lomo adobado, perdiz en escudilla, cordero asado, y para postre, natillas... Todo ello sin escatimar y regado con vino que mando comprar en Covarrubias, con vino negro de esta tierra, ambos sin cristianar por un día, y con sidra. Comeremos los dos y las sobras las echaremos a los perros".
La dueña volvió a repetir los platos que le serviría, como tentando a la extraña criatura con ellos, como si el Hacedor, el ángel o el diablo, pudiera tener hambre, como si el ser sobrenatural fuera a comer una escudilla de perdiz encebollada cunado, además, no había allí nada, ni perros había, e, insensata, continuó mucho tiempo, con riesgo de su vida, pues gritaba mucho y podía presentarse el sarraceno otra vez, sin avisar, y terminó diciéndole: "Mira, Dios, que te aderezo una gran mesa, saco mi mejor loza, la roja, busco en el arca las manutergas, esos lienzos que sirven para limpiarse las manos y los labios cuando se come, que no se ven en las casas, pongo velas y, luego, platos vacíos para los santos mártires de Sahagún aquellos que trajo el río Cea y que fueron asesinados por los romanos, los siete hermanos de Facundo y Primitivo, santos todos e hijos de santo y santa, los que fueron quemados dos veces, arrancados sus ojos, sometidos a mil horrores y arrojados al río. Los que hace tres días, descansaban en paz en el convento, que, hoy, no lo sé. Te gustará comer con ellos..." 

Ángeles de IRISARRI y Magdalena LASALA (1998): Moras y cristianas. Emecé Editores, Narrativa histórica: Barcelona. Páginas116-117.

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