jueves, 29 de mayo de 2014

¡Cosas de hombres!

Eugenio Lucas Velázquez (1817–1870): Bodegón. Museo del Prado
En casi todas las puertas sonaban el acordeón, con su chillona melancolía, la guitarra con su rasgueo soñador, el canto a coro desentonado y estridente, y algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de aullidos, el estrépito de la lucha cuerpo a cuerpo, y los antipáticos perros chatos chocaban sus amenazantes cabezas de foca, hasta el silletazo de algún vecino de buena voluntad los ponía en dispersión.
Despedazábamos en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el zumo rojo; extendíanse los arrugados mosqueros bajo la barba para no mancharse; y al fin, la gente, con el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce beatitud, escuchando como angélicas melodías los arañazos de los acordeones.
Y a esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y estar los corrillos más animados, era cuando a lo lejos la difusa luz de los faroles marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando zigzags como una barca sin timón, echando la pesada ancla en cada esquina.
Vicente Blasco Ibáñez (1896): "¡Cosas de hombres!", en Cuentos valencianos. Plaza Janés Editores: Barcelona. Páginas 25-26.

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